
Casualmente he puesto en practica yo misma lo antedicho, y por compulsión, lo tuve que pasar al papel. Aquí va:
"Atardece. Sopla el viento. Los arboles se mueven haciendo sonar suaves melodías. Hay pájaros cantando, anunciando el fin del día. Las calles dan vueltas infinitas entre pasajes empedrados y asfaltados. Silencio. Las veredas se continúan, algunas colmadas de verdes plantas que asoman desde las entradas privadas hasta el espacio publico, invadiendo el paso, perfumandolo. Un par de gatos gordos salen a mi encuentro, escapando por entre el enrejado de lo que parece una casa abandonada. O en reformas. Vidrios rotos. Paredes a medio hacer. O medio deshechas. Ronroneo. Mas allá, la inmensa escuela, color naranja ladrillo, que ocupa toda una manzana, que forma una rotonda en plena calle, porque se ubica justo en medio. Vacia. Algo descuidada. Las hamacas del jardín oscilan por el viento. Luego todas casas bajas. Coloridas. Boscosas algunas. Modernas otras. La garita de seguridad de la esquina está abierta. Dos vecinos toman mate y comparten charla en su interior. La casa mas linda de todas tiene farolitos blancos con velas en el marco de las dos ventanas del piso de arriba. Paredes verde agua y mariposas violetas pintadas en el marco de la entrada. Los perros guardianes posan a mi paso. Me siguen con la mirada. Una escultura de un anciano calvo en posición de pensador adorna una entrada. Otra lleva clásicos leones a ambos lados. Los arboles invaden con sus raíces mas de una vereda. Tropiezo. Me encuentro casi de narices con un muñeco de torero, colocado cuidadosamente entre las ramas anchas. Detalles que impregnan la vida. Vuelvo cuando ya casi es de noche. El viento se volvió frío."
Manuel Puig practica este ejercicio de enumeración varias veces en su Boquitas Pintadas (mucho mejor que yo). ¿Quién mas se anima?