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Formas breves

Había elevado la voz, muy por encima de lo necesario. La tomó de la mano, o mas bien de la muñeca. La retuvo firmemente a su lado, pegada al costado izquierdo de su cuerpo. Con la otra mano le acaricio la mejilla. Pego los labios a su oreja y le repitió entre susurros lo mismo que escupió a gritos un instante atrás.  Una lagrima estallo en el pavimento que brillaba bajo la luna llena. ¡No te vayas! le rogó. Su aliento formador de sonidos se perdió inútil en el viento. Un instante después, ella desapareció. 




------------------- Otras formas breves: Tan Valientes
Entradas recientes

Pablo

Una fina capa de tierra y arañas le cubrió la falda dándole un aspecto vaporoso, a neblina o espuma de mar. Los pies helados formaron un nudo a su lado. Las palmas juntas caían como nieve cruzándole el estomago. Un halo de luz mortecina la rodeaba, sin tocarla, sin que alcance ni por asomo a acercarle un poquito de calor. Vestía la cabeza hacia un lado, los parpados a media asta, la mirada fija en un punto inventado entre las vetas del mármol azul, sin pestañear, con mínimas lagrimas de encandilada. Los labios tan rojos, tan crema de cerezas congelada, dibujaban una media sonrisa entre esperanza y melancolía, o entre eso y el escondite secreto de un racimo esmeralda de magullones enterrados en el jardín, como se entierran las mascotas queridas, o los desechos. Se los mordía como pasatiempo, hasta hacerlos sangrar. No estaba segura de cuanto tiempo llevaba en la misma postura. Muchas partes de su cuerpo ya estaban entumecidas. Corrientes heladas hormigueaban en las plantas de sus pies.…

Pero les sucedió el tiempo.

Caía la lluvia. Como brea. Como mermelada de cristal. Caía feroz, implacable, insólita. La ventana esmerilada, marco de madera grueso y garabateado, cumplía en empañarse como quien toma un compromiso estable y duradero. Ricardo se empeñaba en limpiarla, con el puño cerrado enfundado en la manga del sweter azul, con la esperanza afligida, agazapada, escondida detrás de un montículo apestoso de condescendencia. Tenia una ubicación táctica, desde donde podía verla llegar sin importar el camino que tomara. Verónica era así. Impredecible. Una fuerza extraña. Una criatura que disfrutaba del eterno beneficio de poseer un campo magnético propio. No era hermosa, era exótica. Como una de esas aves raras de colores metalizados, tornasolados, que habitan en selvas vírgenes, que son libres y livianas. A él le gustaba verla llegar. O mejor dicho, le gustaba verla caminar, cruzar la calle, con  esa levedad de vuelo de gorrioncito alegre. Por eso había elegido esa mesa, la tercera en la hilera desde …

Mates con miel

Sara sacó la pava del fuego antes de que el agua hirviera. Lleno el mate de yerba y cedrón. Dos cucharadas de miel al agua. Eduardo odiaba los mates con miel, pero éste era sólo para ella. Él dormía la siesta, como hacía religiosamente desde que se había jubilado. Sara nunca dormía por la tarde. Era su momento a solas. La mente, como un reloj de arena, depuraba por su cuello angosto pensamientos de todo tipo. Se llevó el termo al patio y se sacó las alpargatas. Apoyo los pies desnudos en el pasto. Manías de vieja, que sin embargo tenía desde chica. Caminó un par de vueltas cerradas, de cara al sol y se desplomó en la hamaca. Era su momento. Se permitía sentir todo. Lo bueno y lo malo. Lo simple y lo complicado. Eduardo dormía con ese sueño profundo y pacífico que tienen los hombres que llevan una vida hecha. Ella pensaba. La hierba húmeda le enfriaba los pies. El mate, dulce de miel, la acariciaba por dentro. Pensaba en sus hijos. Adultos fuertes, prósperos. Pensaba en sus nietos. Cri…

Que lindo es verlo respirar

De repente la linea enloqueció. Se volvió violenta, irregular, histérica. Era  bella y armónica. Era estable. Era luz. El primero en verla alerto al resto. Una frase hecha. Un código. Algo que en si mismo no significaba mas que un leve llamado de atención. En tono calmo, serio. Todos los presentes arrojaron la vista al monitor. Soltaron  lo que llevaban entre manos. Se empezaron a mover. Sincronizados. Un ballet de batas verde esmeralda. Giros. Cambios de posición. Uno a la cabecera. Uno a cada lado. El resto yendo y viniendo. Buscando y trayendo. Y el sonido agudo de la alarma anulaba el espacio. Anulaba el tiempo. Todo es movimiento, pero nadie habla. No hace falta. Ochenta kilos morochos pesan sobre dos manos que se entrelazan y se apoyan en el pecho izquierdo de quien yace. Rítmicos movimientos de colapso. Subida y bajada. El morocho se agita. Respira hondo y sigue. El resto se sostiene en inhalaciones breves. El encargado de vigilar la pantalla se emociona. La linea cambia. Se ap…

Carta a Camila

"AdoradaCamila: te escribo sabiendo que al recibir esta carta, al ver de quien proviene, con toda seguridad la romperás y la tiraras, tan rápido, como si el papel envenenado de un amor tan terrible y doloroso te quemara la punta de los dedos y, desde allí, te incendiara el cuerpo. Te escribo sabiendo que, aunque leyeras mis tristes versos, no responderías. Ya me has dejado en claro que se han acabado las palabras destinadas a quererme. Me has hecho saber, de formas tan verosímiles, que has dejado todo lo que te fue posible dejar. Y lo imposible también. Lo increíble y lo terrible. Lo real y lo inventado. Lo que dictaba tu cuerpo y lo que prohibía a gritos tu alma, desesperada. Te escribo sabiendo que, aun si respondieras a estas palabras, tan dolorosas, tan descaradas, tu respuesta no haría mas que hundir en mis entrañas el puñal de la derrota.  Aun así te escribo, amada Camila, para decirte cuanto lamento haber sido tan mezquino con mi amor, tan insulso de caricias, tan corto de…

De todo y de nada y del mundo.

50 pasos a la derecha y 10 a la izquierda. Desde la esquina del Jacarandá hasta tu portón. 5 pasos más desde mi puerta hasta el árbol. Esa era la distancia exacta que nos había separado siempre. 65 pasos. Lo sé porque solíamos contarlos, jugando en la vereda, atardeceres inmortales. Los contábamos simulando que eran kilómetros y que recorríamos esa inmensa distancia sólo para encontrarnos. Por encontrarnos. ¿Te acordas?. Contábamos los pasos y al acercarnos, cuando ya quedaban pocos, abríamos los brazos, gigantes, ansiosos por ese abrazo. Risas infantiles. Vueltas en el aire. Caer al pasto en la entrada de tu casa, o de la mía. La ropa verde hierba. Pasto en tu pelo. Las flores lilas del Jacarandá que juntabas para regalarme. Una en mi pelo y otra en el ojal de tu remerita de uniforme. Y el sol caía. Moría solo y envidioso al final de la calle, vigilando nuestra algarabía. Pero nosotros no queríamos entrar. Contábamos los pasos, ¿te acordas?. Jugábamos a encontrarnos. Imaginábamos que…