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Como escarabajos

Todos nos hemos sentido alguna vez solos en la oscuridad. Solos, envueltos en un infinito helado de desconocimiento, de profundidad, de absoluto. Como cuando te despertas de repente, sobresaltado, en plena madrugada, arrancado del mundo de los sueños como quien desgarra una tela fina y delicada, dejándola llena de hilos sueltos, de fines. El primer instinto es cubrirse. Taparse con lo que haya a mano. Refugiarse. Aunque estemos solos. Aunque estemos a salvo. Lo primero siempre es cubrirse. Sobrevivir. Pronto, a causa de una curiosidad irreverente, uno se anima a abrir los ojos. Y las pupilas se dilatan como dos enormes olivas negras, como escarabajos. Se dilatan para permitir la entrada de luz. Siempre en oposición a la sombra. Al no. Y en cada oscuridad ocurre lo que sigue. La certeza incuestionable, irrefutable. La completa seguridad de sentir su presencia. A veces su aroma. A veces su mirada ahuecandome la frente, o el peso de su cuerpo hundiendo la esquina opuesta del colchón. Le…
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En el 26

La criatura lloraba. Se ahogaba en llanto. La mujer de los grandes anillos miraba sin pudor, altiva, repugnada o  indignada, no sé. Mientras la criatura se ahogaba los demás escondíamos la mirada temiendo importunar, acalorados por la impertinencia de los grandes anillos, que ahora repartían opiniones desoídas. Absorbíamos la tristeza desesperada y desolada del mocoso. Con la mirada clavada en el exterior que se borroneaba rapidísimo al otro lado de mi ventana, imagine una madre inexperta, acomplejada, inventando lo fantástico, una criatura que se partía el cuerpo, se rajaba la ínfima existencia en llanto, una multitud populista que a esa hora del día colmaba el transporte sin ser capaces de medir sus propios mega hertz. La vergüenza de no poder callar la propia sangre. Los demás, como siempre, mirábamos para otro lado, impotentes. Fijo a los anillos parlantes. A golpes de retina quererlos callar. La criatura lloraba...

La autopista

Los veo pasar. Desde luego que los veo. Le aseguro que ciego aun no estoy. Tampoco sordo y mucho menos mudo. Los pocos vestigios de humanidad que aún conservo, se los debo a mis sentidos. La velocidad y la voracidad que necesita este sitio infame para funcionar ya no me afectan. He vivido, he amado y pronto partiré. Mientras tanto los veo pasar. Temprano, rapidísimo hacia el norte. Todos en fila y prolijos. Por la tarde se complica. Las filas se colman de luces rojas que miran al sur. Aparecen y desaparecen. La columna del norte se adelgaza y fluye como manantial. Como salmones a contramano de todos. Para cuando cae la noche el espectáculo es glorioso. Luces blancas. Luces amarillas. Luces rojas. Todas en fila india. Todas al sur. Todas resplandecientes. Por horas parpadean en el margen derecho de mi ventana. Pongo la silla al revés y me siento apoyando los codos en el respaldo. También el mentón reposa a veces en el brazo. Entrecierro los ojos y las luces se alargan, se borronean, se…

El tiempo incomprendido

Verónica despertó esa mañana cubierta entera en sudor. Creía haber tenido una pesadilla, pero no estaba segura. Aún así, se sentía perturbada, un mal presentimiento la envolvía. Se levanto, se cubrió la desnudes con una leve manta de hilo blanco y recorrió la casa a paso lento, tembloroso. Parecía un fantasma. Helada. Tan pálida. Dejo caer su agotamiento en el sillón, junto al ventanal que no revelaba mas que oscuridad. La madrugada se demoraba en mostrar luz y ella, tan pálida, tan desnuda, tan asustada. Verónica era una criatura mística, volátil, liviana, translúcida. Si tenía miedo, su mundo entero temblaba, si estaba feliz su mundo reía y si estaba triste el espacio se le inundaba de sollozos. Permaneció inmóvil el resto de la mañana, ajena al ascenso solar y a los cambios de temperatura, hasta que un estruendo exterior la saco con brusquedad de la ensoñación que la tenía prisionera. De repente, fue totalmente conciente del mundo real y, sobre todo, de que esa tarde debía encontra…

Los ojos de Ester

La silla de siempre, balbuceo Emilio, lleno de hastío. La maldita silla que le lastimaba la cintura. Buscó acomodarse apoyando ambas manos en la butaca de pana roja y haciendo fuerza. La luz ya era perfecta. La temperatura era ideal. El silencio lo envolvía y lo protegía de sus propios pensamientos. Sin perder mas tiempo, puso los pinceles en remojo y ajusto el bastidor. Desde hace mucho sufría una apasionada obsesión con el color azul. Tan frío, tan calmo, como el océano, o el cielo, o las aguamarinas, o los techos griegos, o los ojos de Ester. Ella, la fuerza gravitatoria que movía su mundo desde tiempos inmemorables. Su retrato, que había ocupado el angulo izquierdo de la mesa de trabajo por décadas y que fue pintado a partir de un recuerdo. Singular. Un único recuerdo tan poderoso que había contorneado la vida de Emilio para siempre. Esbozó las primeras pinceladas. Lineas curvas, suaves, delicadas. Los trazos de un rostro que lo observaba sin tregua, que lo rodeaba, insistente, de…

Formas breves

Había elevado la voz, muy por encima de lo necesario. La tomó de la mano, o mas bien de la muñeca. La retuvo firmemente a su lado, pegada al costado izquierdo de su cuerpo. Con la otra mano le acaricio la mejilla. Pego los labios a su oreja y le repitió entre susurros lo mismo que escupió a gritos un instante atrás.  Una lagrima estallo en el pavimento que brillaba bajo la luna llena. ¡No te vayas! le rogó. Su aliento formador de sonidos se perdió inútil en el viento. Un instante después, ella desapareció. 




------------------- Otras formas breves: Tan Valientes

Pablo

Una fina capa de tierra y arañas le cubrió la falda dándole un aspecto vaporoso, a neblina o espuma de mar. Los pies helados formaron un nudo a su lado. Las palmas juntas caían como nieve cruzándole el estomago. Un halo de luz mortecina la rodeaba, sin tocarla, sin que alcance ni por asomo a acercarle un poquito de calor. Vestía la cabeza hacia un lado, los parpados a media asta, la mirada fija en un punto inventado entre las vetas del mármol azul, sin pestañear, con mínimas lagrimas de encandilada. Los labios tan rojos, tan crema de cerezas congelada, dibujaban una media sonrisa entre esperanza y melancolía, o entre eso y el escondite secreto de un racimo esmeralda de magullones enterrados en el jardín, como se entierran las mascotas queridas, o los desechos. Se los mordía como pasatiempo, hasta hacerlos sangrar. No estaba segura de cuanto tiempo llevaba en la misma postura. Muchas partes de su cuerpo ya estaban entumecidas. Corrientes heladas hormigueaban en las plantas de sus pies.…