domingo, 11 de noviembre de 2018

En el kiosko había sombra


En el kiosco había sombras. Lo sé porque las vi con estos mismos ojos que ahora te miran. Las vi varias veces. Siempre las mismas, una pequeña y dos más largas, lejanas. La chiquita cada tanto se alejaba, creciendo, pero se ve que no le gustaba porque volvía a ponerse en el lugar en que quedaba pequeña. Con Gabriel las dibujamos muchas veces. Mamá pensaba que estábamos locos, los dos con las mismas sombras. Era inevitable usar colores oscuros y eso en dibujos de críos es, cuanto menos, alarmante. Ahora lo sé. Pero en ese entonces solo deseábamos representar las sombras del kiosco de Manuel.
Él vivía en el fondo. Detrás de los paquetes de cigarrillos había una puerta y más allá un pasillo que daba a una habitación oscura y húmeda. Manuel la tenía colmada de libros. Estaban en las paredes, bajo la única ventana, bajo la mesita de luz y alrededor de la cama de caño oscuro. 
Todos los días ocurría lo mismo. Abría el kiosco bien temprano y atendía él mismo a todos los chicos del colegio de al lado (el nuestro). Gabriel y yo pasábamos a comprar caramelos para el recreo y desde el mostrador de los frascos veíamos las sombras. A esa hora solo estaban las dos más grandes. Para el medio día se irían a otra parte porque Manuel salía a almorzar y a buscar un libro de la covacha del alemán. Uno por día. Todos viejos y amarillos. Gabriel siempre decía que el alemán se había convertido en uno de sus libros y que Manuel pronto quedaría igual. Viejo y amarillo.
Por la tarde, cuando regresaba, nos encargábamos de verificar que las tres sombras estuvieran con él, detrás de los frascos, cerca de la puerta escondida que conducía a la habitación de los libros. Nos alegraba mucho verlas porque eso significaba que Manuel no estaría solo por la noche. Aquello nos preocupaba por razones que ahora no puedo precisar.
Por años fuimos testigos de la rutinaria compulsión de Manuel por los libros que le daba el alemán. En cierto momento tuvo que ponerle techo al pasillo y pronto se llenó de pilas y torres. Se multiplicaban con magia, o como una maldición. Llegaron a ocupar incluso algunos rincones del kiosco, detrás de las cajas de galletitas y chocolates. Gabriel empezó a asustarse y yo también. Las sombras se volvían cada vez más pequeñas, difusas. No les quedaba espacio para proyectarse.
Un buen día nos agarramos de la mano, y fuimos a encarar al alemán. Lo acorralamos entre nuestros cuerpitos infantiles y los estantes de su covacha. Le ordenamos, con impaciencia y enojo, que dejara de darle libros a nuestro amigo Manuel, que ya no tenía espacio para que vivieran sus sombras, se ahogarían y él quedaría solo por las noches.
El viejo nos miró primero con sorpresa y luego con ternura. Nos agarró de a uno por debajo de las axilas y nos sentó sobre una torre de enciclopedias de tapa dura. –Miren mocosos – nos dijo sonriendo, mostrando sus dientes parduscos, hablando en susurros – su amigo Manuel jamás estará solo. Lo que ustedes llaman sombras son apenas un reflejo de todos los héroes y heroínas que velan sus sueños ¿no lo ven? Son los libros los que forman las sombras que guardan vigilia por el viejo Manuel. Mientras los tenga no habrá sitio donde esté solo.
Ese día Gabriel se llevó un libro de la covacha del alemán. Y yo…yo también.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Perderme en el camino.

- A menudo sucede que me pierdo - comenzó diciendo Emilio, ya amanecido, ya espabilado - Me pierdo inclusive en mi propio barrio, entre calles que conozco. No crea que soy tonto, o viejo. Bueno, viejo si soy, pero no es por eso que me pierdo. - Se acomoda en el sillón desde donde puede alcanzar sin esfuerzo el diario y la taza de café, a la que ya le ha agregado ¨un mimo¨, que en su idioma viene dentro de una botella de Jack Daniels - Todo comienza siempre de la misma forma. Salgo a caminar, enciendo un cigarrillo, dejo que algunos rayos tímidos de luz me alcancen. Y entonces una idea me invade. Pequeña, insulsa. Una palabra o una imagen. Yo soy muy débil y me dejo llevar. Le permito que me guíe. Y ella va y viene - dice, a la vez que mueve los dos indices en el aire, acompañando el vaivén. Tiene el diario sobre las piernas y lo ignora. Al café mimoso le dio varios sorbos, pero está muy caliente. Va de pijama a puro rombos y círculos. En conjunto, es pura psicodelia. - Me lleva donde quiere, me envuelve. Vamos a los saltos, de una imagen a otra, de una idea a otra. Se arma un monólogo afónico en mi mente, una suerte de discusión que mantengo conmigo mismo intentando convencerme de algo que sale de mi propia mente. Muevo la boca. Hago gestos con las manos - me los muestra, como si yo no comprendiera sin ejemplos y sigue - paso a paso diserto, repregunto, dudo, me vuelvo a convencer. Verá, en medio de todo esto, me pierdo. Comprenda que uno elije siempre el siguiente paso en función de sus necesidades, incluso inconscientemente -  hace una pausa dramática que ya conozco. Toma café. Es un gran actor. Hace tiempo para dejarme pensar - Mi único interés en esos paseos recae sobre éstas ideas. Nunca me ha importado el destino. Prefiero perderme siempre en el camino - su voz se apaga sola en el aire y ya no me mira. Se calza los anteojos gruesos de marco color ámbar y levanta el diario frente a su cara. Me alejo, la charla ha terminado. 

domingo, 28 de octubre de 2018

Y luego, el salto.

Y sobre todo, lo que nos hacía falta, como conjunto, era el abrazo. Por lo demás, lo teníamos todo. Aunque no tuviéramos nada en realidad. Todo lo que necesitábamos no estaba comprendido dentro de las muchas cosas que teníamos. Uno puede acumular toneladas de lo más inverosímil sin llegar nunca a sentirse poseedor, dueño de nada. 
Sin embargo, y acá viene lo importante, yo te tengo. No como se tienen las plantas o las mascotas. O como se tienen los niños entre sí. Yo te tengo y vos, vos a mi también. Me tenes en los ojos, en el olor de tu pelo, en las partículas que han ido quedando bajo tus uñas. En el mensaje que escribí a escondidas con el vapor, en el espejo del baño. En las lapiceras que me dejo olvidadas en todos lados. En el plantin que cada tanto regamos juntos, cuando siento tu mano que me hace cosquillas en la espalda, sobre la columna, como ya sabes. Y es por todo lo que sabes, que me tenes. Como se tienen los sueños o las ganas o las esperanzas o las fuerzas. Porque lo único que nos hacia falta, como conjunto, era el abrazo. Inmenso. Doloroso. Eterno. Inmortal. 
Y luego, el salto al vacío.

domingo, 21 de octubre de 2018

Opciones

Las posibilidades eran muchas. Podía correr y esconderme. Claro que para eso necesitaría encontrar un escondite amplio y cómodo en donde quepan conmigo todos mis miedos. Sería difícil pero no imposible. También podía quedarme ahí, bien quietita, sin hacer el menor ruido, sin siquiera pestañear. Intentar pasar inadvertida, hacer de cuenta que nada pasó o que no importaba. Seguir haciendo lo mismo, día tras día y esperar a que todo se resuelva. Por decantación. Por su propio peso. Que de buenas a primeras se desintegre todo en el espacio, como en ese cuento de Lugones, con el aparata cuboide que desintegraba la materia. Aunque pensándolo bien, terminaba por desintegrarse él. No. Por otro lado, podía dejar de ser cobarde. Podía juntar un buen cajón de coraje, cinco o seis kilos de agallas. Enfrentarlo. Ensayar las palabras justas y también el tono. Actuar lo suficientemente bien para que la voz me deje de temblar, para sostenerle la mirada fija. A los ojos. Para no dudar. 
Como dije, las posibilidades eran muchas, pero sólo una me aseguraba el final correcto. La prontitud. La solución definitiva. Como pasa con los túneles, en la vida a veces es necesario romper para poder construir. 

domingo, 14 de octubre de 2018

En el tren

-Delicada como papel de arroz- pensó Pablo cuando al fin levantó a Clementina del suelo polvoriento y frío, y salieron de ahí. Helada como estaba, conservaba una sombra de rubor en las mejillas. Le sonreía, observándolo sin pestañear mientras él la guiaba fuera del edificio. Aún era de día. El sol calentaba el asfalto y al tocar la porcelana que recubría la piel de Clementina resbalaba, ajeno a ella, se volteaba y le daba la espalda a la princesa pálida que sin embargo disfrutaba de su proximidad. Pablo la sostenía con elegancia del brazo, como pareja antigua, foto en sepia. Recorrieron a paso desinteresado varias manzanas, esquivando los adoquines impares, pateando piedritas. Ella iba en puntas de pie. Él le daba apoyo.
Pasaron por la estación y ella propuso tomarse el tren. -¿A donde?- pregunto él. -No importa- le respondió sin mirar y no dio tiempo a dudar. Un tren al norte. Un asiento doble junto a una ventana. Las vías que se sucedían entre arboledas. Barrios de hermosas casas. Plantas frutales.
El día fue agotándose mientras ellos iban y venían en un tren que no los llevaba a ningún lado, porque estaban justo donde debían estar. 
De la nada (o de los bolsillos) Clementina sacó un papel y un lápiz. Observó un segundo más el perfil de Pablo, recortado por la luz de noche del ventanal, y anotó:

"Si fueras de mentira, me creería el engaño, y
si fuera un sueño, despertaría.
Sólo para contarles lo bello que fue
haberte encontrado en mis pensamientos."

Doblo el papel en ocho partes y lo escondió en la ranura del marco de la ventana, justo debajo del rostro de Pablo, que miraba intrigado.-Volveremos a encontrarlo - dijo, y le sonrió. Luego se recostó en su hombro y se quedó inmóvil, dormida. 
El tren iba y venia.

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Capítulos anteriores:

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#escriarte

domingo, 7 de octubre de 2018

Para Zelda

"Se cuanto diste. Se cuanto esperaste. Se lo que teníamos y también imaginé, entre penumbras, lo que pudimos haber tenido. Se que fue un comienzo atropellado. Demasiadas coincidencias hacen que los pares choquen. Tu genio, tu éxito, lo sabes, me asustaban. Nunca quise ser tu reflejo en un espejo que me omitía. Mucho menos tu sombra. Vos querías que triunfara a tu manera, y eso también me agotaba. Se que me amabas. Confieso que durante lo que duro mi pobre existencia física no logré entenderlo. Vivía confundiendo realidades y tus dedos apropiándose de mis diarios no ayudaban. ¿Cómo era posible dar tanto, dejar todo, por una loca agobiada, envidiosa y borracha?, diría Ernesto. Ya se, me dirás que no era así, que siempre fui muy dura con él, conmigo y con vos también. Pero ahora que el dolor se ha ido, ahora que puedo verte sin velos, sin telones, me quiebro aún más de dolor. Mi enfermedad fue tu perdición. Tus palabras nunca volvieron a ser bellas. Tu alma al mejor postor. Y ya en la cumbre de la mediocridad que significa rematar la sensibilidad, no escuchaste a nadie. Siempre tan ciego. Tan vos. Hubiéramos podido tener el mundo. Lo sabes. Juntos, podríamos haber conseguido todo. Pero nunca fuimos pares. Vos conmigo y yo...
Aún así te ame, como Daisy amó a Gatsby, Por siempre jamas."

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Siempre pensé que algo así podría haber sido una buena carta de despedida de Zelda a Scott Fitzgerald. Nunca es tarde para decir adiós.

Escriarte.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Tocar el fuego sin quemarse

Sabia que debía moverse pero no lo intentó. Aún cuando sentía las extremidades ya dormidas, heladas, con esa sensación de extrañeza, de otredad. Tampoco él quería moverse. La noche era ya un dejo de color naranja furioso en el horizonte y el rocío había humedecido sus caras y sus ropas. Olían a charla eterna, a descubrimiento y a esperanza. Los ojos rojos de evitar pestañear, captando cada instante, cada gesto. 
Verónica le contó a Ricardo por que había llegado tarde a aquella cita en el bar de Medrano. Le explicó su problema con el tiempo y con las convenciones. Ricardo hizo de cuenta que no le importaba, mientras intentaba ocultar una sonrisa de alivio y de amor. Fingió entender con sentido interés. Penso que podría, tranquilamente, esperarla por siempre en cada bar de cada esquina. Ella tenía las manos quietas reposadas en la falda y él se las abrigaba cada tanto con las suyas, como quien intenta tocar el fuego sin quemarse.
Durante lo que seguramente fueron horas, cuando la noche reptaba abatida, perseguida por el amanecer, Verónica habló. Miraba al frente, seria, por momentos levitando en su propia ensoniacion. Ricardo resultó un buen oyente, de esos con capacidad de escucha activa y de opiniones amables. La miraba con asombro, con ojos de haber descubierto un pajarito exótico, sintiendo el privilegio de verlo volar a su alrededor, con el miedo inconsciente de asustarlo. Cuando ella calló, fue su turno de hacer piruetas en el aire, de mostrar su plumaje tornasolado y brillar. Era una danza hermosa y complicada, mezclada con la extraña sensación de haberse conocido desde siempre. 
Al fin, cuando ya no quedaban más palabras que retengan a la luna, él la besó.
Por primera vez en toda la noche, Verónica dejó de temblar.


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Anteriormente, en esta historia:


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