domingo, 16 de septiembre de 2018

El lugar del tiempo

La boca seca le ardía y ya no sentía el paladar. Toda la escena se volvió, de repente, borrosa. Desenfocada. Sacada de contexto o de universo. No sabía exactamente donde estaba aunque la presión constante que pulsaba entre sus ojos le adelantó que no era un buen lugar. Seguramente el brillo inexplicable que entraba a borbotones por entre las tablitas de la persiana lo desoriento. Creía estar aún al abrigo de la noche. No recordaba tal paso de tiempo. El día lo desgarro, perdiendo todo intento de equilibrio. Se restregó los ojos con los puños cerrados, con fuerza, casi con odio. Intentó tragar, aunque no pudiera, en ese momento, juntar la cantidad de saliva mínima necesaria para movilizar la garganta. Parpadear, varias veces, hasta adaptarse a la nueva luz.
Por fin pudo reconocer, no sin antes dudar, que el cuarto en el que había despertado no era el suyo. Los repentinos ruidos de una ciudad que emergía desde la profundidad del exterior lo confundió más. La cuestión del espacio, sumado al cambio incomprobable de tiempo eran cosas que, juntas, no podía manejar. Intentó incorporarse y ese cambio abrupto de presión le implosiono el cráneo y el rostro. Debió sentarse, esconderse entre sus rodillas, liberar algunas lágrimas descompresivas y luego, por causas desconocidas, estallar en una risa histérica, aguda, de una locura multicolor, potencialmente sofocante, hasta quedarse sin aire. Acto seguido, se desmayó.
Lo mejor, en estos casos, es dejar que el tiempo tome su lugar.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Jorge Asís y un chicle celeste

Los anteojos me pesan a ésta hora del día pero sin ellos la vista se nubla, los ojos se sienten tirantes, las luces y las lineas de texto se alargan como sombras de luna llena en una noche de claridad espantosa. Un libro de Jorge Asís y un Bobaloo celeste flotan a mi derecha. No llego a leer el titulo y no intento conocer el rostro del lector. 
Suena la chicharra que anuncia la apertura de puertas. La multitud asoma desordenada, por partes.  Me rodea y me gana en altura. De pronto me sambuyo en un mar de brazos, piernas y bolsos. A pesar del bochorno, se que pronto podré salir. 
Al pie de la escalera que sube sola espera un hombre con sombrero de copa blanca. Por la expresión de su cara advierto que hay algo que no llega. No puedo evitar pensar que quizás eso que aguarda esté en el tren vacío y apagado que vi alejarse mientras subía.
Por quedarme mirándolo pierdo la combinación del próximo tren. No importa. Me siento en el suelo del andén y aprovecho a escribir estas lineas en una servilleta que lleva la estampa de un bar al que no recuerdo haber ido y que de alguna forma apareció en mi bolsillo. "Habrá que apagar otro cigarrillo y aguantar para apostar", escucho que dicen desde adentro de mis auriculares. Pienso en como ponerme de pie, pronto, antes que se me vaya otro tren. 

domingo, 2 de septiembre de 2018

Como cenizas que nos rodean


Un café y un beso largo. Una canción de despedida. Silbarle bajito al viento y pedirle explicaciones a la vida. Exigir hechizos benévolos que borren lágrimas perdidas. Robarle minutos al amanecer. Inventar juntos superhéroes y superheroínas. Creer que el amor comienza en el último escalón de tu escalera. En la última mueca de tu sonrisa. En el primer suspiro del día. Despertar abrazada a tus pestañas e inventarme un camino de ida, mano única al infierno de tus caricias. Y así, perseguir el sol eterno que me muestre tus deseos, mientras el ambiente se llene de risas ausentes, como cenizas que nos rodean al caer.

jueves, 30 de agosto de 2018

El sol se suicidó


El disco sale girando y  me empiezo a relajar. Suelto los brazos. Dejo de sostener los hombros. Doy algunos pasos al costado, de un lado al otro, balanceándome el peso entre mis pies descalzos. Dejo caer también la cabeza. No miro al suelo, pues cierro los ojos y la voz que escupen los parlantes, grave, decadente, honesta, agotada, se me va pegando a la piel como tatuaje de gena. Las baldosas están frías y siento que me pego a ellas cada vez que intento hacer volar una pierna  en torno a mí, en un giro que no se parece a ninguno sino solo a la forma de esa voz en el ambiente. Se forman ondas caleidoscópicas que se mantienen dinámicas y acompañan los movimientos errantes que ahora el cuerpo decide, emancipado de mí por un rato. Yo tan leve que ni me siento y un paso atrás que choca contra tu cuerpo aparecido de la nada. Me quedo inmóvil, sin siquiera respirar. Te espero. A vos y a tus brazos que me sostienen, que me atrapan. Te dejo hacer. En cada punto capital de la humana existencia estas ahora y el pelo me estorba el camino a tu boca. Lo aparto y entonces me quiebro. Me deshago en trozos que te copian cada mueca, cada contracción. Ahora las ondas y la voz nos envuelven juntos, y el calor derrite el piso en el que ya no me paro porque floto elevada por tus brazos. El disco se detiene pero no importa. El mundo se redujo a tu mano en mi cintura y al dolor de la pausa entre los besos. De repente, el sol se suicidó.

domingo, 26 de agosto de 2018

Necesitamos que sea.



Necesitamos que surja de la nada la templanza requerida.
Que emerja del profundo Mar Argentino quien pueda poner fin a la desidia.
Que no de nausea ajena y que se sepa manejar en la miseria. 
Que se crea un insurgente, que no tiemble ante la gente.
Que se pare firme y valiente.
 Que tararee una canción de cuna mientras esquiva las bombas de a una.
 Que sea un renegado, desprolijo y solitario.
Que reviente cráneos con los ojos.
Que le alcance una palabra para dejarnos sordos.
Que extienda las manos con los puños cerrados y que la guerra sea contra el mal arraigado.
Necesitamos que jure amar, proteger y respetar.
Que jure liderar.
Necesitamos que surja de la nada quien haga la guerra por la paz.
Pero más que nada, necesitamos quien pueda soportar la unidad.

(Dedicado a todas las almas de América Latina)

jueves, 23 de agosto de 2018

Plaza Boedo

El viento era tan espeso que alcanzaba para hacerte compañía. El calor iba en aumento pero todavía <se podía estar>. Paré para almorzar y ocupé un lugar en las escalinatas, de cara al sol. Estaba leyendo, por lo que al principio no advertí la escena que se fue formando a mí alrededor, como en el teatro, cuando los actores corren de un lado a otro buscando su lugar y detrás van los maquilladores, vestuaristas y utilería. Se levanta el telón y de repente uno encuentra todo armado, armónico, un caos lógico y funcional. Así los encontré frente a mí, jugando a la pelota en el centro del playón que rodeaban las escalinatas. A un costado, un busto de bronce los seguía con la mirada y esquivaba como podía algunos pelotazos. Dos caniches que andaban sueltos les corrían los botines a riesgo de convertirse ellos mismos en el objeto de juego.
Me saque los auriculares para completar la escena. Y sí, había pajaritos, pero también los ruidos de la ciudad, las bocinas, el sordo ruido de las pastillas de freno, la feria itinerante. La música lejana de la calesita que traía por momentos el viento. Ellos gritaban. Se tiraban al piso y barrían la pelota y los tobillos ajenos como si fuera una final de campeonato. El sol del medio día les daba de lleno pero cuando sos chico no te importa. Pronto comprendí que estaba sentada detrás del arco, suponía un riesgo y me corrí. La señora que tomaba mate a la sombra me copió la táctica.
Ellos brillaban de sudor y exhalaban energía, como vectores de velocidad en direcciones inversas. Los caniches se cansaron. Una jugada paso de largo, mandó la pelota a la calle, esquivando por nada la cara de la señora que, de repente, gritó: - ¡¿Qué te parece si corres el arco, pichón?! – Su voz estaba llena de tango, de pucho y de sol. Ellos prefirieron tirarse al suelo, tenderse justo donde habían quedado parados. La señora esbozó una carcajada triunfal y me ofreció un mate. La plaza era pura vida. Hacía calor, pero <se podía estar>. 

domingo, 19 de agosto de 2018

Llegar a acurrucarse

Una melodía de campanitas navideñas sonó a lo lejos, en la espesura de la noche filtrándose por entre las tablitas de la persiana, atravesando las cortinas de voile, inundando de pronto la oscuridad. Sofia dormía, o levitaba, en ese sueño denso y constante de los eternos, de los seres en quienes la vida no hace mas que reflejarse, sin alterar su naturaleza de mito, legendaria.
Al principio no advirtió el tañido. Sonreía. Debía ser un sueño feliz. Tampoco escucho la puerta, que al abrirse lentamente hacia bailar el campanario que colgaba del marco. No sintió los pasos, pesados, amortiguados por las suelas de goma. El llegado se esforzaba en silenciar sus movimientos, temiendo ser culpable del abrupto despertar de la sabiduría. Se acercó a ella en puntas de pie, ya descalzo. La observo un instante. No dejaba de maravillarse con la sonrisa onírica que desplegaba únicamente en la inconsciencia. Dejó escapar un suspiro infinito, ahogado y ya sin aire en el cuerpo se acurruco junto a ella que ahora, sintiendo el calor en su espalda, pudo por fin percibir su presencia. La noche se volvió mas profunda, mas oscura y sin embargo, la luz que exhalaban los cuerpos la hacia mucho mas leve. Inmortal.