Ir al contenido principal

El tiempo incomprendido

Verónica despertó esa mañana cubierta entera en sudor. Creía haber tenido una pesadilla, pero no estaba segura. Aún así, se sentía perturbada, un mal presentimiento la envolvía. Se levanto, se cubrió la desnudes con una leve manta de hilo blanco y recorrió la casa a paso lento, tembloroso. Parecía un fantasma. Helada. Tan pálida. Dejo caer su agotamiento en el sillón, junto al ventanal que no revelaba mas que oscuridad. La madrugada se demoraba en mostrar luz y ella, tan pálida, tan desnuda, tan asustada. Verónica era una criatura mística, volátil, liviana, translúcida. Si tenía miedo, su mundo entero temblaba, si estaba feliz su mundo reía y si estaba triste el espacio se le inundaba de sollozos. Permaneció inmóvil el resto de la mañana, ajena al ascenso solar y a los cambios de temperatura, hasta que un estruendo exterior la saco con brusquedad de la ensoñación que la tenía prisionera. De repente, fue totalmente conciente del mundo real y, sobre todo, de que esa tarde debía encontrarse con Ricardo en ese bar de la esquina de Medrano. Pensó, con una suave, casi imperceptible, sonrisa, que él parecía un buen hombre y que quizás merecía la pena ir a su encuentro. Al menos para ver. ¿Ver qué?. No sabia, pero quería ver. Comenzó a vestirse lentamente, como quien roza telas ásperas sobre heridas abiertas, con dolor. Salir de su refugio le tomaba tiempo pero confiaba en que Ricardo sabría esperarla, y si así fuera, ella sabría que por fin valdría la pena arriesgar lo mas preciado de sus posesiones. Su corazón.

-------------------------------

Comentarios

Publicar un comentario

ExpressAte sin aluciones político-religiosas malintencionadas. Gracias!

Entradas más populares de este blog

Elisa y Blanca

Eran otros tiempos, es verdad. Tiempos de costuras, tejidos, bordados. Tiempos de revólveres, granadas y cuerpo a tierra. Tiempos en que las mujeres eran fuertemente dóciles, y los hombres fuertemente toscos. Elisa recordaba esos años como si fueran hoy. Como si no hubiera pasado mas de medio siglo. Aquellos años en que se dedicaba a bordar escudos en camisas de poliéster hasta quedarse sin dedos y sin ojos, escuchando las noticias de los avances contra el resto de Europa en una maltrecha radio de madera que compartía con las demás mujeres del grupo. Y es que la guerra si algo enseñaba era a compartir. Dentro de esa habitación, diez mujeres con sus diez faldas plisadas y sus diez camisas de algodón, dedicaban la tarde a surcir y remendar uniformes, ademas claro de atender sus casas y sus hijos. Ninguna tenia menos de dos. Ninguno de ellos mas de diez años. Muchos no habían conocido aun a sus padres. Y quizás no lo harían jamas. "Porque Padre se ha ido a combatir Nazis a Francia, …

Pablo

Una fina capa de tierra y arañas le cubrió la falda dándole un aspecto vaporoso, a neblina o espuma de mar. Los pies helados formaron un nudo a su lado. Las palmas juntas caían como nieve cruzándole el estomago. Un halo de luz mortecina la rodeaba, sin tocarla, sin que alcance ni por asomo a acercarle un poquito de calor. Vestía la cabeza hacia un lado, los parpados a media asta, la mirada fija en un punto inventado entre las vetas del mármol azul, sin pestañear, con mínimas lagrimas de encandilada. Los labios tan rojos, tan crema de cerezas congelada, dibujaban una media sonrisa entre esperanza y melancolía, o entre eso y el escondite secreto de un racimo esmeralda de magullones enterrados en el jardín, como se entierran las mascotas queridas, o los desechos. Se los mordía como pasatiempo, hasta hacerlos sangrar. No estaba segura de cuanto tiempo llevaba en la misma postura. Muchas partes de su cuerpo ya estaban entumecidas. Corrientes heladas hormigueaban en las plantas de sus pies.…

Clementina

Pablo atravesó las inmensas y macizas puertas a paso tembloroso. Apenas podía contener el aliento. El corazón se le escapó por la garganta. El ambiente olía a tabaco fuerte. El sudor frío le erizaba la piel de la nuca. <La vida es eso que pasa cuando cruzamos una puerta>, pensó, y juntó valor para enfrentar lo que fuera que encontrara al final del pasillo. No sabía que esperar. Se había preparado para lo peor aunque esperaba, rogaba por lo mejor. Camino lento, alargando los minutos como quien raciona agua en el desierto. Camino recto, decidido, con aplomo de soldado y espíritu de niño ilusionado. Camino, porque ya estaba demasiado lejos de la entrada. Las molduras de mármol daban al lugar ambiente a mausoleo, a historia, a pasado. Los tablones de madera crujían a cada paso, insoportable rechinar de clavos oxidados. Nunca entendió la fascinación de Clementina por esas tumbas vivas, esas tremendas moles olvidadas, habitadas por necios insectos aristocráticos. Sin embargo, camino, …