domingo, 1 de julio de 2018

El tiempo incomprendido

Verónica despertó esa mañana cubierta entera en sudor. Creía haber tenido una pesadilla, pero no estaba segura. Aún así, se sentía perturbada, un mal presentimiento la envolvía. Se levanto, se cubrió la desnudes con una leve manta de hilo blanco y recorrió la casa a paso lento, tembloroso. Parecía un fantasma. Helada. Tan pálida. Dejo caer su agotamiento en el sillón, junto al ventanal que no revelaba mas que oscuridad. La madrugada se demoraba en mostrar luz y ella, tan pálida, tan desnuda, tan asustada. Verónica era una criatura mística, volátil, liviana, translúcida. Si tenía miedo, su mundo entero temblaba, si estaba feliz su mundo reía y si estaba triste el espacio se le inundaba de sollozos. Permaneció inmóvil el resto de la mañana, ajena al ascenso solar y a los cambios de temperatura, hasta que un estruendo exterior la saco con brusquedad de la ensoñación que la tenía prisionera. De repente, fue totalmente conciente del mundo real y, sobre todo, de que esa tarde debía encontrarse con Ricardo en ese bar de la esquina de Medrano. Pensó, con una suave, casi imperceptible, sonrisa, que él parecía un buen hombre y que quizás merecía la pena ir a su encuentro. Al menos para ver. ¿Ver qué?. No sabia, pero quería ver. Comenzó a vestirse lentamente, como quien roza telas ásperas sobre heridas abiertas, con dolor. Salir de su refugio le tomaba tiempo pero confiaba en que Ricardo sabría esperarla, y si así fuera, ella sabría que por fin valdría la pena arriesgar lo mas preciado de sus posesiones. Su corazón.

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