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Mostrando las entradas de agosto, 2017

Indecision

Marianela se miro al espejo entero del placar por quinta vez esa noche. Iba y venia. Miraba el reloj. Se miraba a ella misma. Miraba el reloj. No se decidía. Penso en cambiarse de zapatos. Luego esos zapatos con otro pantalón. Luego con pollera. La blusa le marcaba mal el busto, pensó. Y esa pollera era demasiado larga para la ocasión. Quería causarle una buena impresión, de mujer respetable, pero la imagen de domingo en la iglesia tampoco era la adecuada. Era ridículo, pensó, dar tantas vueltas. Esteban ya la conocía. La había visto varias veces, en diferentes lugares, con distintos pantalones. Ya se debe haber dado cuenta de mis caderas, pensó, del rollito que se asoma por arriba del elástico de mi cintura. Volvió a mirar el reloj. Faltaba media hora. Probo otra combinación. Aun debía peinarse y maquillarse. Sentía que le transpiraba la espalda. Una gota densa y maldita le recorría la columna. Hacia varios años que no se sentía tan nerviosa. Aunque también hacía varios años que no s…

Un hermoso río, un tremendo lío

Ahí estaba ella. Parada como si nada en la esquina opuesta del patio. Con ese vaso de agua con limón que le habían preparado exclusivamente a ella, que se le calentaba en la mano, que le chorreaba, le congelaba los dedos. Parada en la sombra. Al resguardo su piel de porcelana. Escondida, escudada atrás de esos anteojos de sol de estrella, de diva hollywoodense. La pierna derecha ligeramente adelantada a la izquierda, algo flexionada, haciéndose lugar por entre los malvones de mi tía. Esa pose, esa maldita pose que siempre odie. Con o sin los brazos en jarra, era la pose. Su pose. Despreocupada, ligera, brillante. Tan hermosa estaba con ese vestido liviano que se volaba apenas con el viento. Llevaba el peinado impecable pero iba descalza. Siempre se descalzaba en el pasto. Decía que así se conectaba con la tierra. Yo siempre pensé que lo hacia para llamar la atención. Para que le preguntemos que hacia descalza. Después de todo, no era común descalzarse en casa ajena. Sin embargo Olivia…

Eramos tan pobres, Marisol

Eramos tan pobres Marisol. Tan pero tan pobres eramos,  que tu abrazo no alcanzaba a cubrir mi espalda. Tu boca temblaba de miedo si la mia se acercaba. Tus dedos, tan dulces, tan ligeros, tan helados, levitaban sobre mi cabeza imitando una caricia que no llego a existir. Tan pobres eramos, Marisol, que tu nombre en mis labios no llevo jamas diminutivo, ni merecio cancion.
Te queria, si, tanto te queria que espere mil noches, con sus mil estrellas y sus silencios.  Espere a que me amaras para poder amarte como yo sabia que podia.  Amarte hasta que la tierra se hiciera paraiso y las manzanas fueran flor.
Pero no lo hiciste, Marisol. No volviste jamas a mirarme con esos ojos tuyos, tan grices, congelados. No volviste.  Tan pobres eramos, Marisol.

Como quien ve llover

Eugenia se empezó a sentar, 5 minutos antes, en su sillón favorito, frente a la chimenea del living. Usualmente, la tarea le tomaba entre 5 y 7 minutos, contando desde el primer ademan que hacia, de acercarse a la chimenea y revisar las cenizas, hasta que por fin se encontraba totalmente sentada. Si llegaba a distraerla alguna pelusita volando en el aire, podía demorar mas. Todo era una cuestión de tiempo. Desde el que se tomaba para despertarse en las mañanas, hasta el que le suponía prepararse el ultimo té de la tarde. A su edad, casi 100 inviernos, con todas sus noches y sus luvias, el tiempo se contaba relativo al procedimiento de cada tarea. Con todo esto, Eugenia siempre había sido una mujer al extremo metódica. Para ella, cada acción nunca había sido mas que una sucecion de movimientos meticulosos, calculados, inquietamente premeditados. Nunca se rodeaba de nada que no le fuera imprescindible. Nunca desperdiciaba esfuerzos en acciones infructuosas. ¿Para que?, se preguntaba, la…

Nuestro Loco

Era como si el tiempo no hubiera pasado en absoluto. Como si se hubiera detenido, frenado, estático, congelado. Recorrí las calles de tierra a paso lento, detenido, prestando atención a cada detalle, a cada aroma, color. Haciendo un conteo a grandes rasgos, diría que cada piedra de cada cantero estaban en su lugar. También los arboles, las plantas, los cestos de basura y los postes de luz. Sobrevivían los perros callejeros y los locos. En todo pueblo pequeño hay una manada de perros y un loco. El nuestro era inofensivo, ocurrente, inteligente. Nunca supe que había sido de su vida antes de volverse loco, de creer a fe ciega en las grandes conspiraciones espaciales y la revelion de las estrellas. En mas de una ocasión logre percibir comentarios sagaces, afirmaciones que daban a entender que aun en algún lugar de esa cabecita había un conciente. Solía cargar libros que iba repartiendo. Tenia decidido de antemano a quien y porque. Era un loco cuerdo. Salvo que el tiempo se lo trago. Lo m…

Yo le dije a Beto.

Hacia mas de 20 años que no la veia. Me sorprendi., que queres que te diga. Fue muy fuerte verla. No esperaba encontrarme con ella aca, en el barrio. Yo me acordaba de como era en el colegio. Las dos teniamos aparatos en los dientes, anteojos de colores y trenzas muy largas. Nos llevabamos bien, ojo, era buena chica. La mama me queria mucho a mi, doña Elba, porque yo la ayudaba a Yani con la tarea de matematica. Nos hacia la merienda y siempre ponia galletitas de membrillo que eran las que me gustaban a mi. Pobre doña Elba, que en paz descance. Y Yani, bueno, no era muy buena alumna, le gustaba charlar viste. La cambiaban de banco y no paraba. Pero bueno, yo la queria. Claro, hasta que se metio con Beto, que me gustaba a mi. Betito, un amor era de chico, siempre atento, amable. A mama le llevaba las bolsas porque hacia changas en el almacen de don Jorge. Y Yani sabia que me gustaba, y no le importo nada, no le temblo el pulso cuando lo invito a bailar con ella en el asalto. Esa noche …