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Indecision

Marianela se miro al espejo entero del placar por quinta vez esa noche. Iba y venia. Miraba el reloj. Se miraba a ella misma. Miraba el reloj. No se decidía. Penso en cambiarse de zapatos. Luego esos zapatos con otro pantalón. Luego con pollera. La blusa le marcaba mal el busto, pensó. Y esa pollera era demasiado larga para la ocasión. Quería causarle una buena impresión, de mujer respetable, pero la imagen de domingo en la iglesia tampoco era la adecuada. Era ridículo, pensó, dar tantas vueltas. Esteban ya la conocía. La había visto varias veces, en diferentes lugares, con distintos pantalones. Ya se debe haber dado cuenta de mis caderas, pensó, del rollito que se asoma por arriba del elástico de mi cintura. Volvió a mirar el reloj. Faltaba media hora. Probo otra combinación. Aun debía peinarse y maquillarse. Sentía que le transpiraba la espalda. Una gota densa y maldita le recorría la columna. Hacia varios años que no se sentía tan nerviosa. Aunque también hacía varios años que no salia en una cita. Todo esto, pensó, es culpa de Silvana, que me obligo a salir aquella noche con ella. La noche en la que finalmente Esteban se acerco a saludarla. La noche en que se dio cuenta que él la miraba desde la barra. Otro pantalón y mejor una camiseta. Veinte minutos. Otra vez al espejo. Peine, hebillas, spray, maquillaje, perfume. Cinco minutos. Espejo. Se mira con terror. Que carajo me puse. Rápido, otros zapatos y una cartera. Los hombres son impuntuales, pensó para calmarse. Pero Esteban solo se demoró unos elegantes minutos. Ring Ring. ¿Quien es?. Soy yo. Risas. Ya bajo. Espejo. Terror. Otra gota insolente que baja hasta el coxis. Ascensor. Espejo. Cierra los ojos y suspira. Puerta. Sonrisas tímidas a ambos lados del cristal. Hola Esteban. Hola, estas hermosa. Sonrisa. 

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