domingo, 20 de agosto de 2017

Un hermoso río, un tremendo lío

Ahí estaba ella. Parada como si nada en la esquina opuesta del patio. Con ese vaso de agua con limón que le habían preparado exclusivamente a ella, que se le calentaba en la mano, que le chorreaba, le congelaba los dedos. Parada en la sombra. Al resguardo su piel de porcelana. Escondida, escudada atrás de esos anteojos de sol de estrella, de diva hollywoodense. La pierna derecha ligeramente adelantada a la izquierda, algo flexionada, haciéndose lugar por entre los malvones de mi tía. Esa pose, esa maldita pose que siempre odie. Con o sin los brazos en jarra, era la pose. Su pose. Despreocupada, ligera, brillante. Tan hermosa estaba con ese vestido liviano que se volaba apenas con el viento. Llevaba el peinado impecable pero iba descalza. Siempre se descalzaba en el pasto. Decía que así se conectaba con la tierra. Yo siempre pensé que lo hacia para llamar la atención. Para que le preguntemos que hacia descalza. Después de todo, no era común descalzarse en casa ajena. Sin embargo Olivia era todo menos común. Era todo un personaje, una chica "Woody Alen". Medianoche en París y caminar bajo la lluvia. Era un misterio, un submarino soviético sumergido a 20 mil leguas. Olivia era "un hermoso río, un tremendo lío". Y ahí estaba, parada como si nada, frente a mi, en el patio de la casa de mi tía. Llevaba un rato observándola. La había visto darle a mi tía un ramo de flores silvestres de su jardín como regalo de cumpleaños. La había visto agradecer el vaso de agua con limón. La había visto descalzarse. Pararse entre los malvones. Hacer la pose. Y ahora ustedes me preguntaran, porque sabia yo todo esto, porque la observaba como poseso, porque, porque. Y es que yo a Olivia la había amado toda mi vida. En silencio. Y lo seguiría haciendo...por mucho tiempo mas.