Ir al contenido principal

Un hermoso río, un tremendo lío

Ahí estaba ella. Parada como si nada en la esquina opuesta del patio. Con ese vaso de agua con limón que le habían preparado exclusivamente a ella, que se le calentaba en la mano, que le chorreaba, le congelaba los dedos. Parada en la sombra. Al resguardo su piel de porcelana. Escondida, escudada atrás de esos anteojos de sol de estrella, de diva hollywoodense. La pierna derecha ligeramente adelantada a la izquierda, algo flexionada, haciéndose lugar por entre los malvones de mi tía. Esa pose, esa maldita pose que siempre odie. Con o sin los brazos en jarra, era la pose. Su pose. Despreocupada, ligera, brillante. Tan hermosa estaba con ese vestido liviano que se volaba apenas con el viento. Llevaba el peinado impecable pero iba descalza. Siempre se descalzaba en el pasto. Decía que así se conectaba con la tierra. Yo siempre pensé que lo hacia para llamar la atención. Para que le preguntemos que hacia descalza. Después de todo, no era común descalzarse en casa ajena. Sin embargo Olivia era todo menos común. Era todo un personaje, una chica "Woody Alen". Medianoche en París y caminar bajo la lluvia. Era un misterio, un submarino soviético sumergido a 20 mil leguas. Olivia era "un hermoso río, un tremendo lío". Y ahí estaba, parada como si nada, frente a mi, en el patio de la casa de mi tía. Llevaba un rato observándola. La había visto darle a mi tía un ramo de flores silvestres de su jardín como regalo de cumpleaños. La había visto agradecer el vaso de agua con limón. La había visto descalzarse. Pararse entre los malvones. Hacer la pose. Y ahora ustedes me preguntaran, porque sabia yo todo esto, porque la observaba como poseso, porque, porque. Y es que yo a Olivia la había amado toda mi vida. En silencio. Y lo seguiría haciendo...por mucho tiempo mas.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Elisa y Blanca

Eran otros tiempos, es verdad. Tiempos de costuras, tejidos, bordados. Tiempos de revólveres, granadas y cuerpo a tierra. Tiempos en que las mujeres eran fuertemente dóciles, y los hombres fuertemente toscos. Elisa recordaba esos años como si fueran hoy. Como si no hubiera pasado mas de medio siglo. Aquellos años en que se dedicaba a bordar escudos en camisas de poliéster hasta quedarse sin dedos y sin ojos, escuchando las noticias de los avances contra el resto de Europa en una maltrecha radio de madera que compartía con las demás mujeres del grupo. Y es que la guerra si algo enseñaba era a compartir. Dentro de esa habitación, diez mujeres con sus diez faldas plisadas y sus diez camisas de algodón, dedicaban la tarde a surcir y remendar uniformes, ademas claro de atender sus casas y sus hijos. Ninguna tenia menos de dos. Ninguno de ellos mas de diez años. Muchos no habían conocido aun a sus padres. Y quizás no lo harían jamas. "Porque Padre se ha ido a combatir Nazis a Francia, …

Pablo

Una fina capa de tierra y arañas le cubrió la falda dándole un aspecto vaporoso, a neblina o espuma de mar. Los pies helados formaron un nudo a su lado. Las palmas juntas caían como nieve cruzándole el estomago. Un halo de luz mortecina la rodeaba, sin tocarla, sin que alcance ni por asomo a acercarle un poquito de calor. Vestía la cabeza hacia un lado, los parpados a media asta, la mirada fija en un punto inventado entre las vetas del mármol azul, sin pestañear, con mínimas lagrimas de encandilada. Los labios tan rojos, tan crema de cerezas congelada, dibujaban una media sonrisa entre esperanza y melancolía, o entre eso y el escondite secreto de un racimo esmeralda de magullones enterrados en el jardín, como se entierran las mascotas queridas, o los desechos. Se los mordía como pasatiempo, hasta hacerlos sangrar. No estaba segura de cuanto tiempo llevaba en la misma postura. Muchas partes de su cuerpo ya estaban entumecidas. Corrientes heladas hormigueaban en las plantas de sus pies.…

Clementina

Pablo atravesó las inmensas y macizas puertas a paso tembloroso. Apenas podía contener el aliento. El corazón se le escapó por la garganta. El ambiente olía a tabaco fuerte. El sudor frío le erizaba la piel de la nuca. <La vida es eso que pasa cuando cruzamos una puerta>, pensó, y juntó valor para enfrentar lo que fuera que encontrara al final del pasillo. No sabía que esperar. Se había preparado para lo peor aunque esperaba, rogaba por lo mejor. Camino lento, alargando los minutos como quien raciona agua en el desierto. Camino recto, decidido, con aplomo de soldado y espíritu de niño ilusionado. Camino, porque ya estaba demasiado lejos de la entrada. Las molduras de mármol daban al lugar ambiente a mausoleo, a historia, a pasado. Los tablones de madera crujían a cada paso, insoportable rechinar de clavos oxidados. Nunca entendió la fascinación de Clementina por esas tumbas vivas, esas tremendas moles olvidadas, habitadas por necios insectos aristocráticos. Sin embargo, camino, …