domingo, 24 de junio de 2018

Los ojos de Ester

La silla de siempre, balbuceo Emilio, lleno de hastío. La maldita silla que le lastimaba la cintura. Buscó acomodarse apoyando ambas manos en la butaca de pana roja y haciendo fuerza. La luz ya era perfecta. La temperatura era ideal. El silencio lo envolvía y lo protegía de sus propios pensamientos. Sin perder mas tiempo, puso los pinceles en remojo y ajusto el bastidor. Desde hace mucho sufría una apasionada obsesión con el color azul. Tan frío, tan calmo, como el océano, o el cielo, o las aguamarinas, o los techos griegos, o los ojos de Ester. Ella, la fuerza gravitatoria que movía su mundo desde tiempos inmemorables. Su retrato, que había ocupado el angulo izquierdo de la mesa de trabajo por décadas y que fue pintado a partir de un recuerdo. Singular. Un único recuerdo tan poderoso que había contorneado la vida de Emilio para siempre. Esbozó las primeras pinceladas. Lineas curvas, suaves, delicadas. Los trazos de un rostro que lo observaba sin tregua, que lo rodeaba, insistente, desde cada rincón de la habitación. El rostro de esa maldita mujer que vio tan solo una vez y cuyo embrujo bastó para arrastrarlo a su miserable destino. Emilio llevaba treinta años pintando ese mismo rostro deseando encontrar en sus temibles ojos turquesa, algo de paz.

domingo, 17 de junio de 2018

Formas breves

Había elevado la voz, muy por encima de lo necesario. La tomó de la mano, o mas bien de la muñeca. La retuvo firmemente a su lado, pegada al costado izquierdo de su cuerpo. Con la otra mano le acaricio la mejilla. Pego los labios a su oreja y le repitió entre susurros lo mismo que escupió a gritos un instante atrás.  Una lagrima estallo en el pavimento que brillaba bajo la luna llena. ¡No te vayas! le rogó. Su aliento formador de sonidos se perdió inútil en el viento. Un instante después, ella desapareció. 





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Otras formas breves: Tan Valientes

domingo, 10 de junio de 2018

Pablo

Una fina capa de tierra y arañas le cubrió la falda dándole un aspecto vaporoso, a neblina o espuma de mar. Los pies helados formaron un nudo a su lado. Las palmas juntas caían como nieve cruzándole el estomago. Un halo de luz mortecina la rodeaba, sin tocarla, sin que alcance ni por asomo a acercarle un poquito de calor. Vestía la cabeza hacia un lado, los parpados a media asta, la mirada fija en un punto inventado entre las vetas del mármol azul, sin pestañear, con mínimas lagrimas de encandilada. Los labios tan rojos, tan crema de cerezas congelada, dibujaban una media sonrisa entre esperanza y melancolía, o entre eso y el escondite secreto de un racimo esmeralda de magullones enterrados en el jardín, como se entierran las mascotas queridas, o los desechos. Se los mordía como pasatiempo, hasta hacerlos sangrar. No estaba segura de cuanto tiempo llevaba en la misma postura. Muchas partes de su cuerpo ya estaban entumecidas. Corrientes heladas hormigueaban en las plantas de sus pies. Pablo no debía tardar mucho mas. Confiaba en que llegaría. Y por ello, no se movió. Esperó, paciente, en esa pose de muñeca hechizada. El laberinto de aquel viejo palacete era solo una excusa para verlo llegar. Para que fuera él quien la encontrara. A Clementina le gustaba la estética de lo inverosímil. La magia que crearía el polvo que la rodeaba cuando al fin se levantara y se echara en sus brazos. Todas esas partículas atravesando los rayos de luz. Brillando. Envolviéndolos. Pero Pablo llegó y se arrojo  por impulso de rodillas frente a ella, observándola detenidamente, como quien mira una pintura, sin respirar, temiendo estropearla. Clementina desarmó con paciencia el nudo que la mantenía inmóvil y lo abrazó.  Su calor por fin le llegaba. Se rindió. Aquel fue su fin. 


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Anterior: Clementina

domingo, 3 de junio de 2018

Pero les sucedió el tiempo.

Caía la lluvia. Como brea. Como mermelada de cristal. Caía feroz, implacable, insólita. La ventana esmerilada, marco de madera grueso y garabateado, cumplía en empañarse como quien toma un compromiso estable y duradero. Ricardo se empeñaba en limpiarla, con el puño cerrado enfundado en la manga del sweter azul, con la esperanza afligida, agazapada, escondida detrás de un montículo apestoso de condescendencia. Tenia una ubicación táctica, desde donde podía verla llegar sin importar el camino que tomara. Verónica era así. Impredecible. Una fuerza extraña. Una criatura que disfrutaba del eterno beneficio de poseer un campo magnético propio. No era hermosa, era exótica. Como una de esas aves raras de colores metalizados, tornasolados, que habitan en selvas vírgenes, que son libres y livianas. A él le gustaba verla llegar. O mejor dicho, le gustaba verla caminar, cruzar la calle, con  esa levedad de vuelo de gorrioncito alegre. Por eso había elegido esa mesa, la tercera en la hilera desde la puerta, junto al gran ventanal, a la distancia justa de la esquina como para tener la visual completa de la calle y lo suficientemente alejado de la entrada como para que no lo encuentre a la primera, de sopetón, pero tampoco lo crea perdido y se vaya. Había pensado en todo lo que quería decirle, ajustando la voluntad para soportar estoico el ataque mortal de sus ojos color onix. Tampoco quería abrumarla, y el balance justo entre silencio y charla lo asustaba. Desempañaba el ventanal y miraba las cuatro esquinas. Bajaba la vista para consultar su reloj pulcera. Espiaba de reojo al mozo, que ya había venido dos veces a tomarle la orden y ahora aguardaba impaciente con la espalda apoyada en la barra y los brazos cruzados, susurrándole algo al compañero que simulaba estar ocupándose de abrillantar copas. Cuchicheando sobre mí, pensó, sobre la penosa imagen de un hombre que aguarda mas de una hora junto a la ventana, rogando una aparición. Harto, abatido y apenado, Ricardo no aguantó mas. Espero a que el mozo se distrajera y salió del bar como escapando de la escena de un crimen. Con las manos en los bolsillos y la cabeza escondida entre las solapas del gamulan. En ese momento, Verónica cruzaba la calle, mirando al cielo, absorbiendo hipnotizada las mínimas gotas de lluvia, ahora una suave garúa. Se cruzaron a medio camino, pero les sucedió el tiempo.