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Pero les sucedió el tiempo.

Caía la lluvia. Como brea. Como mermelada de cristal. Caía feroz, implacable, insólita. La ventana esmerilada, marco de madera grueso y garabateado, cumplía en empañarse como quien toma un compromiso estable y duradero. Ricardo se empeñaba en limpiarla, con el puño cerrado enfundado en la manga del sweter azul, con la esperanza afligida, agazapada, escondida detrás de un montículo apestoso de condescendencia. Tenia una ubicación táctica, desde donde podía verla llegar sin importar el camino que tomara. Verónica era así. Impredecible. Una fuerza extraña. Una criatura que disfrutaba del eterno beneficio de poseer un campo magnético propio. No era hermosa, era exótica. Como una de esas aves raras de colores metalizados, tornasolados, que habitan en selvas vírgenes, que son libres y livianas. A él le gustaba verla llegar. O mejor dicho, le gustaba verla caminar, cruzar la calle, con  esa levedad de vuelo de gorrioncito alegre. Por eso había elegido esa mesa, la tercera en la hilera desde la puerta, junto al gran ventanal, a la distancia justa de la esquina como para tener la visual completa de la calle y lo suficientemente alejado de la entrada como para que no lo encuentre a la primera, de sopetón, pero tampoco lo crea perdido y se vaya. Había pensado en todo lo que quería decirle, ajustando la voluntad para soportar estoico el ataque mortal de sus ojos color onix. Tampoco quería abrumarla, y el balance justo entre silencio y charla lo asustaba. Desempañaba el ventanal y miraba las cuatro esquinas. Bajaba la vista para consultar su reloj pulcera. Espiaba de reojo al mozo, que ya había venido dos veces a tomarle la orden y ahora aguardaba impaciente con la espalda apoyada en la barra y los brazos cruzados, susurrándole algo al compañero que simulaba estar ocupándose de abrillantar copas. Cuchicheando sobre mí, pensó, sobre la penosa imagen de un hombre que aguarda mas de una hora junto a la ventana, rogando una aparición. Harto, abatido y apenado, Ricardo no aguantó mas. Espero a que el mozo se distrajera y salió del bar como escapando de la escena de un crimen. Con las manos en los bolsillos y la cabeza escondida entre las solapas del gamulan. En ese momento, Verónica cruzaba la calle, mirando al cielo, absorbiendo hipnotizada las mínimas gotas de lluvia, ahora una suave garúa. Se cruzaron a medio camino, pero les sucedió el tiempo.




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