domingo, 10 de junio de 2018

Pablo

Una fina capa de tierra y arañas le cubrió la falda dándole un aspecto vaporoso, a neblina o espuma de mar. Los pies helados formaron un nudo a su lado. Las palmas juntas caían como nieve cruzándole el estomago. Un halo de luz mortecina la rodeaba, sin tocarla, sin que alcance ni por asomo a acercarle un poquito de calor. Vestía la cabeza hacia un lado, los parpados a media asta, la mirada fija en un punto inventado entre las vetas del mármol azul, sin pestañear, con mínimas lagrimas de encandilada. Los labios tan rojos, tan crema de cerezas congelada, dibujaban una media sonrisa entre esperanza y melancolía, o entre eso y el escondite secreto de un racimo esmeralda de magullones enterrados en el jardín, como se entierran las mascotas queridas, o los desechos. Se los mordía como pasatiempo, hasta hacerlos sangrar. No estaba segura de cuanto tiempo llevaba en la misma postura. Muchas partes de su cuerpo ya estaban entumecidas. Corrientes heladas hormigueaban en las plantas de sus pies. Pablo no debía tardar mucho mas. Confiaba en que llegaría. Y por ello, no se movió. Esperó, paciente, en esa pose de muñeca hechizada. El laberinto de aquel viejo palacete era solo una excusa para verlo llegar. Para que fuera él quien la encontrara. A Clementina le gustaba la estética de lo inverosímil. La magia que crearía el polvo que la rodeaba cuando al fin se levantara y se echara en sus brazos. Todas esas partículas atravesando los rayos de luz. Brillando. Envolviéndolos. Pero Pablo llegó y se arrojo  por impulso de rodillas frente a ella, observándola detenidamente, como quien mira una pintura, sin respirar, temiendo estropearla. Clementina desarmó con paciencia el nudo que la mantenía inmóvil y lo abrazó.  Su calor por fin le llegaba. Se rindió. Aquel fue su fin. 


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