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Clementina

Pablo atravesó las inmensas y macizas puertas a paso tembloroso. Apenas podía contener el aliento. El corazón se le escapó por la garganta. El ambiente olía a tabaco fuerte. El sudor frío le erizaba la piel de la nuca. <La vida es eso que pasa cuando cruzamos una puerta>, pensó, y juntó valor para enfrentar lo que fuera que encontrara al final del pasillo. No sabía que esperar. Se había preparado para lo peor aunque esperaba, rogaba por lo mejor. Camino lento, alargando los minutos como quien raciona agua en el desierto. Camino recto, decidido, con aplomo de soldado y espíritu de niño ilusionado. Camino, porque ya estaba demasiado lejos de la entrada. Las molduras de mármol daban al lugar ambiente a mausoleo, a historia, a pasado. Los tablones de madera crujían a cada paso, insoportable rechinar de clavos oxidados. Nunca entendió la fascinación de Clementina por esas tumbas vivas, esas tremendas moles olvidadas, habitadas por necios insectos aristocráticos. Sin embargo, camino, porque así lo quería ella, y ella era su destino. Pablo avanzaba por ella, con el recelo del que se siente fuera de lugar, lejos de todo lo que le resulta conocido. Avanzaba con el impulso de los aventureros, de los conquistadores. O mejor dicho, de los conquistados. La energía torpe y tozuda de los que alguna vez nadaron sin ahogarse en la profundidad de unos ojos, en el abismo de las almas que se permiten sentir lo absoluto. La inmensidad de aquellos a quienes la vida atraviesa sin encontrar obstáculos, dejando las mas hermosas huellas. Pablo caminaba al encuentro de Clementina, la criatura mas extraña, altiva, insubordinada y divertida que haya conocido jamas. Pablo la amaba y recorría el gélido pasillo solo por ella. 
Al cabo de una eternidad de inhalaciones breves, por fin la vio, esplendida, pacífica, sentada en el suelo polvoriento, rodeada de luz. Clementina levanto los ojos, que había tenido fijos hasta entonces en el mármol. Lo miró y sonrió. Pablo se rindió. Esa sonrisa fue su fin. 

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