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De todo y de nada y del mundo.

50 pasos a la derecha y 10 a la izquierda. Desde la esquina del Jacarandá hasta tu portón. 5 pasos más desde mi puerta hasta el árbol. Esa era la distancia exacta que nos había separado siempre. 65 pasos. Lo sé porque solíamos contarlos, jugando en la vereda, atardeceres inmortales. Los contábamos simulando que eran kilómetros y que recorríamos esa inmensa distancia sólo para encontrarnos. Por encontrarnos. ¿Te acordas?. Contábamos los pasos y al acercarnos, cuando ya quedaban pocos, abríamos los brazos, gigantes, ansiosos por ese abrazo. Risas infantiles. Vueltas en el aire. Caer al pasto en la entrada de tu casa, o de la mía. La ropa verde hierba. Pasto en tu pelo. Las flores lilas del Jacarandá que juntabas para regalarme. Una en mi pelo y otra en el ojal de tu remerita de uniforme. Y el sol caía. Moría solo y envidioso al final de la calle, vigilando nuestra algarabía. Pero nosotros no queríamos entrar. Contábamos los pasos, ¿te acordas?. Jugábamos a encontrarnos. Imaginábamos que sólo una gran distancia nos separaba y que bastaba con contar los pasos para vencerla. Para ese abrazo. Para que el atardecer nos escondiera de todo, y de nada, y del mundo. 65 pasos que los años hicieron cuadras, y el Jacarandá en la esquina, desbordado de flores. Y ese abrazo. Los dos al pasto. El sol que se iba y el olor tan fresco del rocío. 65 pasos que no eran nada, pero lo fueron todo. ¿Te acordas?.

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