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Mostrando las entradas de marzo, 2018

Sera quizás el miedo

No lo se, sera quizás el miedo a lastimarme. O no. Porque ya me he lastimado muchas veces y a fuerza de práctica, he aprendido a sanar. Son las marcas que dejan las heridas lo que nos hace realmente conscientes de quienes somos. No es eso entonces. Sera tal vez el miedo a lo desconocido. Al extraño. A esa persona cuya tarea es la mitad del movimiento, el numero par, las dos patas diestras de la silla. Tenerle miedo a quien debe sostenerte, porque quizás no lo haga. Si, esto puede ser. No hay cosa mas distanciadora en un vínculo que el desconocimiento del otro. Aunque pasadas un mínimo de horas, un lapso prudente en el cual el contacto es prioridad, el desconocido deja de verse borroso. Se vuelve nítido y fuerte. Se vuelve real. Y entonces le confías tus manos. Le permitís sentir tu peso. Le sostenes la mirada para que sepa que estas bien. Empezas a confiar. Ahora el miedo es otro. Ya no es desconfianza. Es ego. El aterrador momento en que necesitas ceder el control para poder seguir. …

Tan valientes

Eramos tan valientes, que decidimos vivir por siempre bajo las sabanas. No escondidos, no ahogados en sofoco. No por alejarnos de nada, sino por acercarnos a todo. No por miedo, por atrevimiento. Convencidos de que no habría mejor lugar que la piel del otro. Enredados. Marañas de otredad. Sin limites fijos entre su cuerpo y el mio. Eramos tan valientes, que nos paramos al borde mismo del abismo, nos tomamos de las manos y sin mirar abajo, nos dejamos caer. La vista fija en tus ojos que se abrían, enormes, inmensos. Eramos tan valientes, que decidimos amar. 

El ángel caído

Susana llego aquel día al hospital, como cada mañana desde hacia 10 años, con su reluciente uniforme blanco y esa sonrisa tan especial, tan querida por todos.  Su sala de enfermos era la mas delicada, a la que ibas a parar cuando las cosas se te ponían en verdad difíciles. Sin embargo, era la mas cuidada, luminosa y alegre del hospital. Susana se encargaba de que así lo fuera. Ya suficiente tenían con estarse muriendo, decía, no necesitaban hacerlo en un lugar horrible.  Aquel día se presento de arranque complicado. Habia un brote de fiebre en la ciudad y los padecientes no paraban de llegar. Niños, adultos, ancianos. El hospital reventaba y Susana corría. Volaba en un remolino de vendas frías y ungüentos. Se aguantaba el llanto tragando mares. No dejaba jamas que la congoja de la calamidad le impidiera hacer su trabajo, ese que tanto amaba.  Perfilaba la tarde. Los últimos convalecientes ya estaban instalados y en la sala pesaba un silencio agotador. Sentada de costado a la ventana, …