Ir al contenido principal

El ángel caído

Susana llego aquel día al hospital, como cada mañana desde hacia 10 años, con su reluciente uniforme blanco y esa sonrisa tan especial, tan querida por todos. 
Su sala de enfermos era la mas delicada, a la que ibas a parar cuando las cosas se te ponían en verdad difíciles. Sin embargo, era la mas cuidada, luminosa y alegre del hospital. Susana se encargaba de que así lo fuera. Ya suficiente tenían con estarse muriendo, decía, no necesitaban hacerlo en un lugar horrible. 
Aquel día se presento de arranque complicado. Habia un brote de fiebre en la ciudad y los padecientes no paraban de llegar. Niños, adultos, ancianos. El hospital reventaba y Susana corría. Volaba en un remolino de vendas frías y ungüentos. Se aguantaba el llanto tragando mares. No dejaba jamas que la congoja de la calamidad le impidiera hacer su trabajo, ese que tanto amaba. 
Perfilaba la tarde. Los últimos convalecientes ya estaban instalados y en la sala pesaba un silencio agotador. Sentada de costado a la ventana, Susana cambiaba las vendas de un joven que volaba de fiebre y temblaba de frío. Llevaba tres mantas que no llegaban a abrigarle el dolor. El lloraba. Ella no. Ella susurraba hermosas palabras de cariño, ignorando por completo la presión de su pecho.El joven se agarraba desconsolado a las faldas de su ángel. Un ángel caído. Sollozaba, temblaba, sudaba. Ya no alcanzaban ni las mantas ni las vendas para quitarle el frío de los huesos. No sabiendo mas que hacer, Susana se acostó a su lado. Abrazo al joven como una madre acunaría a un niño pequeño. Le echó cuanto pudo su cuerpo encima, regalándole a la vez su calor y protección. Y allí, hundido en un mar de lagrimas, sudores y terrores, el ángel caído contuvo al joven y a los otros 29 enfermos que había a su alrededor.< Nadie va a morirse hoy>
Susana sabia que nunca jamas se inventaría medicina mas poderosa que la propia Humanidad.

********


El ángel caído recobra la vida 
Le sangran las manos, se lame la herida 
No olvida, no deja que el viento apague 

El fuego que hay en su interior

Comentarios

  1. No está mal, pero tampoco muy bien. Algunos errores ortográficos que habría de poner atención como por ejemplo.
    Dice:
    «Le hecho cuanto pudo su cuerpo encima»
    Debe decir:
    «Le hechó cuánto pudo su cuerpo encima»
    Mejor aún:
    «Le abrigó su cuerpo con el suyo»
    También:
    «Como si ella fuera una manta humana cubrió su cuerpo»
    Hay tantas mejores formas.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

ExpressAte sin aluciones político-religiosas malintencionadas. Gracias!

Entradas más populares de este blog

Elisa y Blanca

Eran otros tiempos, es verdad. Tiempos de costuras, tejidos, bordados. Tiempos de revólveres, granadas y cuerpo a tierra. Tiempos en que las mujeres eran fuertemente dóciles, y los hombres fuertemente toscos. Elisa recordaba esos años como si fueran hoy. Como si no hubiera pasado mas de medio siglo. Aquellos años en que se dedicaba a bordar escudos en camisas de poliéster hasta quedarse sin dedos y sin ojos, escuchando las noticias de los avances contra el resto de Europa en una maltrecha radio de madera que compartía con las demás mujeres del grupo. Y es que la guerra si algo enseñaba era a compartir. Dentro de esa habitación, diez mujeres con sus diez faldas plisadas y sus diez camisas de algodón, dedicaban la tarde a surcir y remendar uniformes, ademas claro de atender sus casas y sus hijos. Ninguna tenia menos de dos. Ninguno de ellos mas de diez años. Muchos no habían conocido aun a sus padres. Y quizás no lo harían jamas. "Porque Padre se ha ido a combatir Nazis a Francia, …

Pablo

Una fina capa de tierra y arañas le cubrió la falda dándole un aspecto vaporoso, a neblina o espuma de mar. Los pies helados formaron un nudo a su lado. Las palmas juntas caían como nieve cruzándole el estomago. Un halo de luz mortecina la rodeaba, sin tocarla, sin que alcance ni por asomo a acercarle un poquito de calor. Vestía la cabeza hacia un lado, los parpados a media asta, la mirada fija en un punto inventado entre las vetas del mármol azul, sin pestañear, con mínimas lagrimas de encandilada. Los labios tan rojos, tan crema de cerezas congelada, dibujaban una media sonrisa entre esperanza y melancolía, o entre eso y el escondite secreto de un racimo esmeralda de magullones enterrados en el jardín, como se entierran las mascotas queridas, o los desechos. Se los mordía como pasatiempo, hasta hacerlos sangrar. No estaba segura de cuanto tiempo llevaba en la misma postura. Muchas partes de su cuerpo ya estaban entumecidas. Corrientes heladas hormigueaban en las plantas de sus pies.…

Clementina

Pablo atravesó las inmensas y macizas puertas a paso tembloroso. Apenas podía contener el aliento. El corazón se le escapó por la garganta. El ambiente olía a tabaco fuerte. El sudor frío le erizaba la piel de la nuca. <La vida es eso que pasa cuando cruzamos una puerta>, pensó, y juntó valor para enfrentar lo que fuera que encontrara al final del pasillo. No sabía que esperar. Se había preparado para lo peor aunque esperaba, rogaba por lo mejor. Camino lento, alargando los minutos como quien raciona agua en el desierto. Camino recto, decidido, con aplomo de soldado y espíritu de niño ilusionado. Camino, porque ya estaba demasiado lejos de la entrada. Las molduras de mármol daban al lugar ambiente a mausoleo, a historia, a pasado. Los tablones de madera crujían a cada paso, insoportable rechinar de clavos oxidados. Nunca entendió la fascinación de Clementina por esas tumbas vivas, esas tremendas moles olvidadas, habitadas por necios insectos aristocráticos. Sin embargo, camino, …