sábado, 22 de julio de 2017

Leonora

Eran tiempos de guerras frías y turbulentas. Leonora viajaba de un pueblo al otro, escapándose de una vida que no le pertenecía. Había sido campesina, tejedora, costurera, cocinera y hasta carpintera, pero nada pudo hacer con su lenguaje. Ese sucio y rebelde lenguaje que le ocasionaba tantos problemas. Porque si Leonora tenia un defecto era el de no poder callarse la boca. Quizas si hubiera vivido en tiempos de posmodernidad hubiera podido aprovechar mas esa lengua suya con fines artísticos, vanguardistas. Pero en los tiernos años 40 ni las reminiscencias de la Francia libre podían esconderla de las sombras que ponían precio a su cabeza. Para colmo de males, se le fue a dar por enamorarse del hombre mas buscado de Europa. Un rebelde con causa que iba de acá para allá enardeciendo masas, enunciando las soluciones al fascismo, enalteciendo las ventajas del liberalismo. Todo muy romántico. Leonora y él se hicieron inseparables compañeros de lucha, de huidas, de revueltas. Ella tenia menos miedo que él, era el carisma, la belleza y el buen gusto del dúo explosivo. Él, por otro lado, poseía las armas.
Cierto es que un comportamiento tan errante y volátil no podía mas que durar solo un tiempo. El reloj pasa, los órganos envejecen y una mujer no puede darse a la rebeldía por siempre.  Morir por la patria es cosa de hombres, pensó. Y al fin se estableció en una pequeñísima casita de campo en un pequeñísimo pueblo de algún lugar de los Alpes, donde aguardo a que las guerras terminasen para poder plantar tulipanes en su jardín. O al menos eso fue lo que todo mundo creyó...