domingo, 16 de julio de 2017

Ella y Él

Soñó toda la vida con que la amara. Desde niña, vigilaba sus enormes sueños de grandeza a través del gran ventanal de piso a techo que partía al medio el salón comedor. Ella estaba donde debía estar, claro. Donde una pequeña niña, hija del gran marques debía estar. Justo al lado de la chimenea, en el diminuto banquillo de terciopelo rojo, de tamaño e incomodidad proporcional al oficio que allí tenia que llevar a cabo, el de aprender de memoria cada verso de cada libro de cada estante de las 4 inmensas bibliotecas que su padre poseía y que jamas había tocado. "Los libros son para que las jovencitas aprendan buena conversación y así mantengan entretenidos a jóvenes emprendedores", le decía. Y a causa de esas horrendas declaraciones de mediocridad, jamas lo había respetado.
Leía, sí, pero solo por el placer que le traía zambullirse en mundos tan extraordinarios, tan lejanos, tan distintos a esa enorme mansión, fría y solitaria, en la que solo vivían ellos dos, el mayordomo, el ama de llaves, el chofer y el jardinero, con su hijo pequeño. Leía, ademas, porque esa dedicada y respetable actividad la ubicaba justo donde quería estar, junto al gran ventanal del salón comedor, a través del cual lo veía a él, barriendo las hojas del jardín como si la vida se le fuera en ello, como si juntara no hojas, sino granadas, minas explosivas, tan de moda en aquellos años de grandes guerras. Ella lo amaba desde la tierna edad de los escarpines de charol y las faldas de tul, mucho antes de los bailes de sociedad y los incipidos tocados florales, algo después de haberse quedado sola con aquel marques de bigotes afilados hacia ambos lados de su puntiaguda nariz, luego de que su madre decidiera servir a la nación entera como enfermera de cuartel. Debe de haber sido una gran suerte que fuese a dar justo al cuartel de refugiados que presidia el muy apuesto y tan fuerte coronel que una vez había venido a cenar y le había regalado esa delicada flor de cristal que todabia reposa junto al espejo del tocador, al lado de los frascos de perfume y el rouge rosa que ahora, considerando su eventual llegada a la adultes, se le ha concedido usar. Lo había empezado a amar en aquel banquillo rojo y aun lo amaba, siempre a través del gran ventanal. Lo amaba sin saber como sonaba su voz, o a que olía su perfume ni que tan suaves eran sus manos. Lo amaba solo por lo que podía llegar a aprecia desde su puesto de vigilancia.  Sabia que él no querría hablar de libros cuando por fin conversaran, ni le interesaría escuchar largos coloquios sobre historia universal ni conciertos de piano ni le importaría que nunca hubiera aprendido a bordar. Solo querría abrazarla, besarla y llevarla muy lejos de aquel palacio de mármol y oscuridad, de tan extrema banalidad. Lo único que no sabia era cuando seria posible que todo eso ocurriera. Ni si lo seria jamas. Nariz apoyada en el cristal, respiración que empaña y ojos bien abiertos. Él se detiene un momento a limpiar el sudor de su frente. Pala apoyada en el hombro. Mameluco marrón. Sombrero gris. El reflejo del sol en el ventanal no le permite ver que hay mas allá. Enorme nube de tormenta. Sombra. Por fin puede verla. Ella levanta la mano para saludarlo. Tierna timidez de quien es descubierta observando. Él le devuelve el saludo. Austera timidez de quien se piensa fuera de lugar. Ella sonríe. Él sonríe.