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Adios, Jose


El sol entraba implacable por el ventanal del bar en el que nos habíamos citado. Era una tarde de invierno y temprano empezaba a anochecer. Nuestra mesa daba a la calle, frente a la plaza, a la feria, al grupo de turistas que compraba sombreros de fieltro y postales del obelisco. Desde la barra, madera tallada, pasteles en campanas, maquina registradora de bronce y sifón, se oía el dulce compás de un tango alegre, sin embargo enojado con la lagrima que corría por mi mejilla.
Ahí sentada, sola en el bar, con mi mejor vestido de domingo, te esperaba con paciencia cristiana a sabiendas de que andabas por ahí, por todos lados menos aquí.
No se de que me sorprendía, o como aun me quedaban lagrimas con tu nombre. Ya lo habías hecho antes. Ilusionarme con banales galanterías y luego preferir pasar la tarde de domingo por ahí y no aquí. ¡Si hasta el mozo me conoce, José!. De tanto que te he esperado me conoce. La dama plantada, de la lágrima helada y sombrero café. 
Que andarás haciendo, eso no lo se, pero mi alma se ha raído de congoja y de tanto que te pensé se me olvido tu cara y el sonido de tu voz.
Hasta aquí con este llanto José. Te cambio por un tango alegre, un pastel en campana, un adoquín que baila bajo el sol y un mozo amable que sabe mi nombre y me invita un café.
Hasta aquí José, ha llegado esta lagrima, que abandono mi tierna mejilla y estallo en el mantel.
Sabrá Dios que andabas por ahí y no aquí y por ello un buen mozo la luz del sol me señalo y con un bello tango hasta tu nombre me borro.
Adiós, José.

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