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A verte.

La vi aquella tarde, como tantas otras tardes, como la había visto siempre. Hilarante, intensa, increíble. La vi de casualidad, porque no había ninguna razón creíble para que yo estuviera allí. Ninguna razón que justificara que un tipo como yo estuviera en un lugar como ese. Y es que lo mio nunca fue el arte, esos cuadros con dibujos que parecen hechos por un chico de 8 años y sin embargo valen fortunas. Lo mio es el deporte, el fútbol, las carreras, las peleas de box. Pero ella estaba ahí y yo quería verla, aunque sea de lejos. Con eso bastaba para calmarme la ansiedad. 
Que haces acá Rubén, me dijiste. No se, pasaba. Intente ocultar mi vergüenza cuando me preguntaste que opinaba de esa nueva obra de oleo sobre lienzo. Para mi eran manchas, para vos un símbolo divino. Muy colorido, opiné, muy ...muy colorido. No se si por compasión o por pena, me agarraste de la mano y me llevaste a otro salón. Esculturas. Gente desnuda. Por favor que no me pregunte lo que opino de ese buen hombre de mármol recostado en un tronco. No lo hiciste. Gracias. Al final del pasillo había un cafetin. Querías merendar. Cafe con leche y dos tostados. Ya sentados frente a frente aún tenias mi mano entre las tuyas. Tan cálidas. Tan suaves. Esa mirada tan honda y seria me ponía la piel de gallina. A que viniste Rubén. A verte.                                                                                     SONREÍSTE. 

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