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Como quien ve llover


Eugenia se empezó a sentar, 5 minutos antes, en su sillón favorito, frente a la chimenea del living. Usualmente, la tarea le tomaba entre 5 y 7 minutos, contando desde el primer ademan que hacia, de acercarse a la chimenea y revisar las cenizas, hasta que por fin se encontraba totalmente sentada. Si llegaba a distraerla alguna pelusita volando en el aire, podía demorar mas. Todo era una cuestión de tiempo. Desde el que se tomaba para despertarse en las mañanas, hasta el que le suponía prepararse el ultimo té de la tarde. A su edad, casi 100 inviernos, con todas sus noches y sus luvias, el tiempo se contaba relativo al procedimiento de cada tarea. Con todo esto, Eugenia siempre había sido una mujer al extremo metódica. Para ella, cada acción nunca había sido mas que una sucecion de movimientos meticulosos, calculados, inquietamente premeditados. Nunca se rodeaba de nada que no le fuera imprescindible. Nunca desperdiciaba esfuerzos en acciones infructuosas. ¿Para que?, se preguntaba, la vida es muy corta. 
Contrario a todo lo que llevo dicho, había un solo momento en que Eugenia dejaba de actuar como un perfecto enjambre de tuercas, un solo hecho que la hacia perder registro del tiempo, que la transportaba mas allá de lo que nadie pueda imaginar. Eugenia se petrificaba ante el maravilloso espectáculo de la lluvia. 
Ahora que se había terminado de acomodar en su sillón de felpa turquesa, que había girado su suave y redondo cuerpo hacia la ventana abierta a su derecha, que se había sacado los anteojos redondos de fino marco dorado y los había dejado en la mesita baja que tiene a su izquierda, ahora que había reposado su cabeza en el respaldo y había cerrado sus hermosos ojos color miel, Eugenia respira hondo. Inhalaciones largas, tan largas como admite su pecho. Espiraciones cortas, tratando de contener el aire tanto como sea posible. Como quien ve llover, respira sintiendo el aroma inconfundible de la tierra mojada, del ambiente refrescándose, alivianandose. La lluvia es la única magia que conserva este bendito mundo, decía, la única capaz de lavar todos los males, la tristeza, el rencor, el dolor, el universo dándole a los mortales la posibilidad de empezar de cero. 
Eugenia sentía en el centro de sus entrañas que esta era su ultima lluvia. Lo sabia y estaba de acuerdo. Ya había visto demasiadas tormentas, suficientes relámpagos. Decidió que la aprovecharía lo mas que pudiera. Comenzó el proceso de levantarse del sillón. Dejo los anteojos en la mesita. No los necesitaba a donde iba. Metió ambos pies en sendas pantuflas de felpa negra y se encamino a paso lento y seguro hacia la puerta que daba al patio trasero. La abrió despacio. Bajo los dos escalones hasta encontrarse caminando por el pasto. Fue derecho a sentarse en el cantero de los malvones rojos. Apoyo la espalda en la pared de ladrillos, helada. Volvió a cerrar los ojos y dejo que las gotas resbalaran sobre todo su cuerpo, revotando con violencia hacia el cantero, el pasto y el malvon. La dejo ser.





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