domingo, 8 de julio de 2018

La autopista

Los veo pasar. Desde luego que los veo. Le aseguro que ciego aun no estoy. Tampoco sordo y mucho menos mudo. Los pocos vestigios de humanidad que aún conservo, se los debo a mis sentidos. La velocidad y la voracidad que necesita este sitio infame para funcionar ya no me afectan. He vivido, he amado y pronto partiré. Mientras tanto los veo pasar. Temprano, rapidísimo hacia el norte. Todos en fila y prolijos. Por la tarde se complica. Las filas se colman de luces rojas que miran al sur. Aparecen y desaparecen. La columna del norte se adelgaza y fluye como manantial. Como salmones a contramano de todos. Para cuando cae la noche el espectáculo es glorioso. Luces blancas. Luces amarillas. Luces rojas. Todas en fila india. Todas al sur. Todas resplandecientes. Por horas parpadean en el margen derecho de mi ventana. Pongo la silla al revés y me siento apoyando los codos en el respaldo. También el mentón reposa a veces en el brazo. Entrecierro los ojos y las luces se alargan, se borronean, se rodean de una bruma cenicienta. Por horas enteras, los veo pasar. Y mientras disfruto del juego de destellos que aparece y desaparece en el margen derecho de mi ventana, pienso en los pobres infelices que suben apurados, a toda velocidad, para luego clavar las luces rojas en el asfalto y acampar allí arriba, borroneándose en la neblina de la noche. Pienso en ellos, que eran yo. Y pienso en mi, detrás del vidrio, desparramado en esta silla, donde por fin  he comenzado a vivir.