domingo, 22 de julio de 2018

Como escarabajos

Todos nos hemos sentido alguna vez solos en la oscuridad. Solos, envueltos en un infinito helado de desconocimiento, de profundidad, de absoluto. Como cuando te despertas de repente, sobresaltado, en plena madrugada, arrancado del mundo de los sueños como quien desgarra una tela fina y delicada, dejándola llena de hilos sueltos, de fines. El primer instinto es cubrirse. Taparse con lo que haya a mano. Refugiarse. Aunque estemos solos. Aunque estemos a salvo. Lo primero siempre es cubrirse. Sobrevivir. Pronto, a causa de una curiosidad irreverente, uno se anima a abrir los ojos. Y las pupilas se dilatan como dos enormes olivas negras, como escarabajos. Se dilatan para permitir la entrada de luz. Siempre en oposición a la sombra. Al no. Y en cada oscuridad ocurre lo que sigue. La certeza incuestionable, irrefutable. La completa seguridad de sentir su presencia. A veces su aroma. A veces su mirada ahuecandome la frente, o el peso de su cuerpo hundiendo la esquina opuesta del colchón. Lejos. La distancia justa que evita la amenaza. El corazón alerta, mas no por miedo. Convencido el cuerpo de que no existe el peligro, puesto que una inexplicable sensación de paz flota en el espacio que gobierna la oscuridad. No me pregunten, porque no lo se. Al parpadear todo ha terminado. Los escarabajos ya habituados a la penumbra comienzan a percibir las formas de la habitación. Ya es posible descubrirse. Es el fin de lo absoluto.  


~ Formas breves ~