Ir al contenido principal

Equipo Montclair

- ¿Sabes? Me he preguntado muchas veces si nosotros también podríamos haber sido unos Baltimore...
- Somos unos Montclair. Y así sera siempre. ¿Por que habría de cambiarlo?. Todo el mundo es diferente, Markie, y puede que ese sea el secreto de la felicidad: estar en paz con lo que eres.
- Que razón tienes, mama.
J. Dicker - El libro de los Baltimore



Estar en paz con lo que uno es, decía la Sra Montclair, es la clave de la felicidad. Y es que para eso uno debe tener en claro quien es. Luego aceptarlo. Luego amarlo. Solo recién se llega a ser feliz.
Claro que, en el inframundo actual, en la era de las múltiples plataformas virtuales, de redes y perfiles, saber quien es uno realmente a veces se pierde de vista. Se puede ser quien quieras, cuando quieras, quizás hasta logrando que tus diversos Yo nunca se crucen. Pero, ¿quien de todos ellos se es de verdad?. 
Hace poco escuche un podcast sobre la impaciencia. Mas allá de la ferocidad de la sociedad, de la velocidad tan poco sana que usamos para transitar la vida, esta la propia impaciencia, la que se tiene con uno mismo. El deseo de ser de tal o cual forma, empleando grandes cantidades de energía y generando por defecto otras tantas de stress, gesta un tipo de impaciencia enfermiza. La insoportable levedad de ser perfecto. Y la pregunta es ¿perfecto según quien?. o ¿para quien?.
Cultivar la paciencia hacia nosotros mismos, aunque no seamos pacientes en general, ayuda a lograr la tan ansiada aceptación. Si no somos indulgentes con nosotros mismos, te vas a dormir cada noche, acostándote con el enemigo. 
No importa quien sea para los demás, importa quien soy para mi. Ser la mejor versión de mi misma, es ser quien me hace feliz. 

¿Para que ser un Baltimore, si se puede ser un Montclair?


(Podcast: The school of greatness- Lewis Howes - Ep540 Imperfect is perfect)

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Elisa y Blanca

Eran otros tiempos, es verdad. Tiempos de costuras, tejidos, bordados. Tiempos de revólveres, granadas y cuerpo a tierra. Tiempos en que las mujeres eran fuertemente dóciles, y los hombres fuertemente toscos. Elisa recordaba esos años como si fueran hoy. Como si no hubiera pasado mas de medio siglo. Aquellos años en que se dedicaba a bordar escudos en camisas de poliéster hasta quedarse sin dedos y sin ojos, escuchando las noticias de los avances contra el resto de Europa en una maltrecha radio de madera que compartía con las demás mujeres del grupo. Y es que la guerra si algo enseñaba era a compartir. Dentro de esa habitación, diez mujeres con sus diez faldas plisadas y sus diez camisas de algodón, dedicaban la tarde a surcir y remendar uniformes, ademas claro de atender sus casas y sus hijos. Ninguna tenia menos de dos. Ninguno de ellos mas de diez años. Muchos no habían conocido aun a sus padres. Y quizás no lo harían jamas. "Porque Padre se ha ido a combatir Nazis a Francia, …

Pablo

Una fina capa de tierra y arañas le cubrió la falda dándole un aspecto vaporoso, a neblina o espuma de mar. Los pies helados formaron un nudo a su lado. Las palmas juntas caían como nieve cruzándole el estomago. Un halo de luz mortecina la rodeaba, sin tocarla, sin que alcance ni por asomo a acercarle un poquito de calor. Vestía la cabeza hacia un lado, los parpados a media asta, la mirada fija en un punto inventado entre las vetas del mármol azul, sin pestañear, con mínimas lagrimas de encandilada. Los labios tan rojos, tan crema de cerezas congelada, dibujaban una media sonrisa entre esperanza y melancolía, o entre eso y el escondite secreto de un racimo esmeralda de magullones enterrados en el jardín, como se entierran las mascotas queridas, o los desechos. Se los mordía como pasatiempo, hasta hacerlos sangrar. No estaba segura de cuanto tiempo llevaba en la misma postura. Muchas partes de su cuerpo ya estaban entumecidas. Corrientes heladas hormigueaban en las plantas de sus pies.…

Clementina

Pablo atravesó las inmensas y macizas puertas a paso tembloroso. Apenas podía contener el aliento. El corazón se le escapó por la garganta. El ambiente olía a tabaco fuerte. El sudor frío le erizaba la piel de la nuca. <La vida es eso que pasa cuando cruzamos una puerta>, pensó, y juntó valor para enfrentar lo que fuera que encontrara al final del pasillo. No sabía que esperar. Se había preparado para lo peor aunque esperaba, rogaba por lo mejor. Camino lento, alargando los minutos como quien raciona agua en el desierto. Camino recto, decidido, con aplomo de soldado y espíritu de niño ilusionado. Camino, porque ya estaba demasiado lejos de la entrada. Las molduras de mármol daban al lugar ambiente a mausoleo, a historia, a pasado. Los tablones de madera crujían a cada paso, insoportable rechinar de clavos oxidados. Nunca entendió la fascinación de Clementina por esas tumbas vivas, esas tremendas moles olvidadas, habitadas por necios insectos aristocráticos. Sin embargo, camino, …