martes, 10 de octubre de 2017

Es difícil soltar

Fue como si las paredes hubieran desaparecido en torno a su cuerpo, comentó Atilio, habitante de Ensenada desde 1940. Parecía que iba a quedarse ahí parado, esperando a que todo se derrumbara. El humo que emergía de la propiedad, ya envuelta en violentas llamas rojizas, era tan espeso, oscuro y polvoriento, que se hacia casi imposible respirar, menos aun ver mas allá de sus narices. Esquivel se encontraba exactamente en el medio de lo que quizás había sido un living-comedor, ahora devenido en escombros ardientes y chispeantes montículos de nada. Se negaba a intentar siquiera dar un paso para huir de aquel incinerador. Contaba ya sus buenos 80 inviernos de los cuales había pasado al menos 70 en esos mismos metros cuadrados que ahora se derrumbaban a su alrededor. No era una simple cuestión de capricho. Esquivel se sentía el capitán de un barco que naufragaba en estado terminal y como obliga el mandato, intentaba hundirse con él. Luego de haber sopesado las consecuencias de su inminente defunción y ante la mirada atónita de todos los presentes, comenzó a agacharse lentamente. Puso las dos manos sobre el suelo, caliente, despacio apoyo las rodillas. Se detuvo, recuperándose del cambio de altura. Acto seguido, sin levantar la vista, sin oír los gritos del cuerpo de bomberos que le rogaban se acercara al marco del ventanal, se sentó en  regia posición de indio, reposo las manos ardidas sobre sus muslos y cerro los ojos. Atilio recordó haberle dicho "¿qué haces, viejo loco?, salí de ahí, carajo!". Un acceso de tos no le permitió hablar mucho mas por encima del estruendo del derrumbe. Tocia casi ahogado en su propia saliva mientras a dos o tres metros su vecino de toda la vida, su cuñado, su amigo, había quedado rodeado de vigas incendiadas. Aún inmóvil, alcanzó a pedir a los concurrentes que por favor alguien se ocupara de las gallinas que tenia en el garaje. Lo poco que quedaba de mampostería termino de ceder. El fuego se avivo. Tres horas después aun quedaban algunas llamas rebeldes. Atilio se quedo con las gallinas. Por suerte eran ponedoras, le daba impresión que saltaran histéricas una vez degolladas.