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El ojo del huracan

Carla siempre había visto su vida como un conjunto de imágenes, de momentos recortados a la memoria, elegidos con el propósito único de perdurar. Flashes que de alguna forma habían quedado impactados en su esencia. Como el día en que vio por primera vez a Claudio. Ella estaba ahí de casualidad, por imprevistos del tiempo sumado a las ganas de no volver. Se quedo y espero, entre un grupo abultado de gente. Claudio llego como subido a un tornado. A los gritos, saludando, sonriendo. Apago las luces y se puso al frente. Todos se pararon. Se preparaban. Ella bajo la mirada y la clavo en el piso de madera. Instinto de supervivencia. Se escucharon murmullos de risas. Era invierno. No pudo evitar sonreír. Durante toda la hora, Claudio siguió subido al tornado. O mejor dicho, él era el mismo ojo del huracán. Explotaba de energía, de vida, de pasión. Revotaba de un lado al otro, incansable, imparable, con la soltura de quien hace lo que ama. La sonrisa inicial no había abandonado jamas su boca. Carla intentaba seguir al grupo aunque a duras penas le alcanzaba el aire para absorber todo lo que le pasaba. No recordaba haber conocido jamas a alguien que estallara de esa forma tan luminosa. Ella era una amante de la luz y él era un relámpago estrellando continuamente a su alrededor. Le basto con aquello para tener su  recuerdo impactado en la memoria...y aun no había visto sus ojos.

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