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Parole

En el cielo las estrellas, que brillaban descaradas su plateada existencia. En el campo las espinas, camufladas entre el pasto aguardando atrapar desprevenidas las almas peatonas. En las copas de los arboles, las gordas y emplumadas lechuzas, tan chusmas como siempre, retorcíanse mas y mas para no perder de vista el espectáculo. Hilario y yo paseábamos de la mano. El iba mudo, yo tarareando. El tan descalzo, yo tan ausente. Madre se empeñaba en que yo pasease con Hilario. Como si aquello pudiera despertar algún atisbo de placer. Y es que quizás sea de buena familia pero nadie le había enseñado jamas el fino arte de la charla. Paseamos, entonces, por los campos, entre los arboles de lechuzas y luciérnagas. Seguí tarareando para evitar el tremendo silencio y él pareció disfrutarlo. Nunca pude deducir que debía pensar o sentir pero entonces su mano apretó con mas fuerza la mía, no sin ternura, casi con pasión. Seguí tarareando, esta vez a plena razón, tanteando límites. Hilario sonrió. Era una sonrisa plena, sincera, luminosa. Entonces comprendí que por mas que amase como amaba las palabras y su buen uso, éstas no eran el único medio para comunicarse con otros. Los silencios podían, de alguna forma, resultar provechosos si se los administraba mezclados con tarareos pegajosos e intensas miradas. Con Hilario no hacían falta las palabras. Su mano libre alcanzo mi espalda. Sin anticiparlo, me encontré bailando al son de mi propia melodía. Paso, junto, giro, giro. Tumbados en la hierba con espinas Hilario me explico sin palabras todo lo que era necesario comprender. Un silencio omnipotente nos protegía...

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