domingo, 3 de diciembre de 2017

Helena, tan roja.

Helaba. Hacia días que no dejaba de llover. El aire, tan frío y húmedo, se convertía fácilmente en vapor mezclado con el calor que apenas mantenían los cuerpos. La ciudad entera, con sus calles de piedra y sus fachadas marmoladas olía a tierra mojada. Los portales anchos de los edificios albergaban peatones empapados que se resguardaban apenas un momento, lo necesario para lograr encender sus cigarrillos haciendo carpa entre la piedra y sus manos. Todo tan gris, y sin embargo, Helena tan roja. Caminaba por el empedrado a paso lento, pisando cada charco que encontraba, ostentando botas de goma, piloto y paraguas. Toda de rojo. Despreocupada se paseaba a sabiendas de que era el único punto de color en el paisaje. Se paseaba, convencida de que al otro lado del puente de madera estaba él. Iría a su encuentro, sí, pero primero sacaría a pasear su carmín por el empedrado. La anticipación le hacia brotar alas en el estomago. Disfrutaba tanto de esa sensación de anhelo que aumentaba exponencialmente con cada paso que daba sobre los anchos tablones del puente. Y ahí estaba, apoyado sobre el pesado barandal, bajo un enorme paraguas negro, contemplando distraído el estallido de las gotas en el río. Se detuvo frente a él, chocando los provisorios resguardos, mirando a su vez el río. Cerro el suyo, entregándose entera a la espesa lluvia, levantando la vista y buscando en sus ojos alguna palabra. El le copio el gesto y ambos, empapándose, se acercaron hasta compartir la misma respiración. La energía acumulada en el ritual de anticipación había hecho lo propio y en un segundo, Helena se encontró sentada sobre el barandal. Sus piernas, como fuertes lazos, se agarraban a su cintura, no por miedo a caer, sino para fundirse en su cuerpo y formar una única masa de abrazos, de manos que tocaban lo que hacía tiempo deseaban, de lenguas, de labios, de lluvia mezclada con calor. Sus fuertes brazos la sostenían por la espalda a la vez que acariciaban su cara y tiraban suavemente de su pelo. El carmín se había transformado ya en una sombra para ambas bocas. Helena, completamente envuelta en el cuerpo de su amante, seguía siendo el único punto de color en aquel paisaje.