domingo, 8 de abril de 2018

Octavo circulo

La puerta roja. Las cadenas. El candado. El piso de cemento áspero. Calor. El inútil rayo de luz que entraba, arrogante, cegador, por la única rendija que quedaba entre tanto vacío. No estaba seguro de donde se encontraba. No sabia cuanto tiempo había pasado. Era un día normal. Soleado. Un poco húmedo. La camisa lo tenía sofocado. Ya se había aflojado el nudo de la corbata. Todavía le quedaban dos juzgados por visitar y luego, por fin podría volver a casa. Las carpetas repletas de papeles le lastimaban el brazo. Primera parada. Todo en marcha. Ordenes firmadas. Apelaciones en curso. La calle. La sombra inexistente que no le permitía resguardarse del sol. Segunda parada. Un problema de semántica en un anexo. Correcciones gramaticales. Lograr los objetivos. Siempre. El era un tipo sensato, práctico. Si la forma de sacar adelante un proceso era cambiar un par de palabras, se hacía. Sin mas. El era muchas cosas, pero ahora se definía a sí mismo con verbos en pasado. Era. Tenía. Hacía. No sabía porque, pero sentía que su persona en tiempo presente ya no era correcta. El mundo se había acabado. Eso creía. Por eso estaba allí. Salió a la calle por ultima vez. Aunque en ese momento pensó que seria la ultima del día, no de su vida. Camino un par de cuadras y al doblar la esquina, a pocos metros de la entrada de su casa, todo se transformó en oscuridad. Lo siguiente que recordaba era esa maldita puerta roja. Hierro pesado. Remaches plateados. Candados. Un calor abrazador. En el infierno de los fraudulentos, Gerión era el mas bello entre las bestias, pero aun así, ardían todos por igual.