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Sus ojos cristal clavados en los mios

-¿Por qué me miras así?
Se lo iba a preguntar, juro que si. Pero por un segundo pensé que quizás no quería saber. Cabía la posibilidad de que la respuesta no fuera la deseada. Es verdad que lo conozco bien, o al menos eso creo. Lo he visto triste, enojado, sonriendo. Sonreír y reír, que en su caso no suponen el mismo gesto. A mi me sonríe. Con toda la cara. Con los ojos hechos cristal. Con dos tiernos hoyuelos en las mejillas. A veces le tiemblan los labios. A veces levanta una ceja con malicia. A veces solo me mira. Atentamente. Cuando le hablo, aunque sea de cualquier cosa. Me mira, atravesándome. Sus ojos cristal clavados en los míos. Casi sin pestañear. Y luego ese gesto suyo. Entre media sonrisa y apartar los ojos. Ese gesto que hace cuando nuestras miradas se encuentran. Cuando la que mira fijo soy yo. Cuando con los ojos le exijo la respuesta. Esa que quizás no quiera saber. Porque no solo temo estar imaginando esa mirada. Mas le temo a que sea real...

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Espacio y tiempo

" El espacio es medio raro. Últimamente viene muy mezclado con el tiempo. (...) A su alma le ha sucedido espacio", le explicaba pacientemente el Dr Golo al Narrador en El evangelio según Van Hutten. La afirmación irrefutable era su especialidad. Pero ¿cuanto tiempo es suficiente para tener el espacio que necesitamos?. Es innegable que el tiempo requiere de la distancia. Si no nos separamos de lo que nos hace mal no hay tiempo que nos ayude. Aunque la mayoría del tiempo, valga la redundancia, es justamente eso lo que nos hace falta para animarnos a poner espacio. Que nos "suceda" el tiempo es bien aceptado, pero resulta brillante que ademas, nos suceda el espacio. Un profesor siempre nos decía que teníamos que aprender a darle aire a las historias, dejar que los textos respiren. Y yo creo que eso es poner espacio y tiempo. Dar aire. Respirar. ¿Y si lo trasladamos al día a día, a la vida misma?. Que nuestra rutina no sea una Oda a la Obligación. Ser conscientes, en a…

Tan valientes

Eramos tan valientes, que decidimos vivir por siempre bajo las sabanas. No escondidos, no ahogados en sofoco. No por alejarnos de nada, sino por acercarnos a todo. No por miedo, por atrevimiento. Convencidos de que no habría mejor lugar que la piel del otro. Enredados. Marañas de otredad. Sin limites fijos entre su cuerpo y el mio. Eramos tan valientes, que nos paramos al borde mismo del abismo, nos tomamos de las manos y sin mirar abajo, nos dejamos caer. La vista fija en tus ojos que se abrían, enormes, inmensos. Eramos tan valientes, que decidimos amar. 

Clementina

Pablo atravesó las inmensas y macizas puertas a paso tembloroso. Apenas podía contener el aliento. El corazón se le escapó por la garganta. El ambiente olía a tabaco fuerte. El sudor frío le erizaba la piel de la nuca. <La vida es eso que pasa cuando cruzamos una puerta>, pensó, y juntó valor para enfrentar lo que fuera que encontrara al final del pasillo. No sabía que esperar. Se había preparado para lo peor aunque esperaba, rogaba por lo mejor. Camino lento, alargando los minutos como quien raciona agua en el desierto. Camino recto, decidido, con aplomo de soldado y espíritu de niño ilusionado. Camino, porque ya estaba demasiado lejos de la entrada. Las molduras de mármol daban al lugar ambiente a mausoleo, a historia, a pasado. Los tablones de madera crujían a cada paso, insoportable rechinar de clavos oxidados. Nunca entendió la fascinación de Clementina por esas tumbas vivas, esas tremendas moles olvidadas, habitadas por necios insectos aristocráticos. Sin embargo, camino, …