miércoles, 8 de agosto de 2018

Dime que burbuja persigues y te diré quien eres


Es domingo a la tarde y algún suceso fortuito me  deja sin luz. Compruebo que nada funciona en este siglo sin electricidad y decido transladar las lecturas al parque. Aun le quedan unas horas a la tarde. Me busco un buen árbol y me instalo. Leo despacio y con tiempo, algo que por estos días resulta un tesoro. Digo entonces que leo, hasta que una mosquita graciosa me obliga a levantar la vista y ahí es cuando los veo. Mágicos ellos y mágicas las burbujas. Pompas tornasoladas que crean como duendes en fuga de un cuento fantástico. Los tengo de frente. Dos jóvenes adultos y una criatura que corre las pompas con normal fascinación. Las atrapa, le revientan en su minúscula naricita. Se ríe, con toda la cara. Corre hasta tropezarse y caer sobre la manta y sobre el cuerpo del muchacho que también ríe. La chica tiene entre manos dos ramas atadas con un tramo de lana que sumerge en agua jabonosa y sopla. Sopla la lana y forma las burbujas que luego el niño corre. Sigo mirándolos un rato más, compartiendo con ellos la felicidad de no necesitar mas que dos ramas para ser felices. Tres metros mas adelante, en otra manta, convive una pareja en otra dimensión. El sector de la realidad en la que yo misma me suelo encontrar. Se chocan las rodillas, se tocan los pies pero no se miran. Cada uno orbitando una galaxia diferente contenida en la pantalla de su teléfono. La imagen completa es el negativo de la postal gloriosa de las burbujas. Tan triste. Tan muda. De repente una de las pompas tornasoladas cobra un tamaño increíble, adquiere independencia de la lana y comienza a flotar en el aire. A desplazarse. ¡Vuela!. Me siento entusiasmada y sonrío, pues creo que viene hacia mi. Sin embargo la pompa audaz tiene otros planes. Dobla a la derecha en el éter y revienta exactamente entre las caras de los dos jóvenes intergalacticos (Pompa juguetona) Aquello no les deja mas remedio que apartar la vista de las pantallas y mirarse de verdad, con asombro, quizás por primera vez en un tiempo. Ambos sonríen a la vez. El anochecer ya es inminente y los faroles se encienden coronando la escena. En ese momento doy gracias de estar justo donde estoy, observando el obrar de la pícara pompa. Doy gracias por haberme quedado sin electricidad y a causa de ello, haber encontrado otra clase de luz.

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(Fotografía propia - Jardines frente a la Biblioteca Nacional)