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Aquel que es mi lugar

La oscuridad resulta tremendamente majestuosa, si lo piensan. Secreta, silenciosa, discreta y suave. Muy suave y fría. Deslizarse rápidamente en ella, salir a la superficie y volver a caer, profundamente, en el recinto anterior. Gota a gota. Plaf, Plaf, glup, glup. Ondas alejándose del centro, alargadas, perdidas. Yo voy y vengo. Siempre vuelvo al mismo lugar, pero nunca vuelvo solo, nunca vuelvo igual que cuando me fui. No regreso, sino que vengo,
Conmigo viajan otros y otras. Gotas libres como yo. Aunque yo no me siento libre, no señor.
Yo le pertenezco al suave tacto de una mano, al caluroso rubor de un rostro, al delicado rose de un cuerpo.
Cada día todo vuelve a comenzar. Se gira el artefacto metálico circular, brillante y gélido. Se abren las compuertas, suenan las alarmas. Miles y miles de nosotros nos apresuramos para viajar. Miles, más que miles.
Alborotados y energéticos, emocionados. Seremos libres, una vez más.
Apretadamente juntos, recorremos las enormes distancias que nos separan de nuestro destino. Túneles oscuros y fríos, pero suaves. Suaves porque nos deslizan hacia a superficie, Allí donde quiero estar.
Yo viajo hacia arriba, arriba y a la derecha, directo a la salida del tocador.
Aguardo ansioso el momento de volver a tocar ese rostro, suave y cálido rostro. Sus mejillas, su nariz, su frente y su boca.
Mi señora enjuaga su adorable rostro en mí y yo le pertenezco. Gota a gota, plaf, plaf. Si fuera capaz de perpetuar, de alguna mágica forma, este momento, y aunque tuviera que dejar de ser gota, y aunque tuviera que dejar mi viaje y mi oscuridad, nada sería demasiado solo por permanecer posado en aquel rostro, el rostro de mi amada.
Luego, finalizado el ansiado ritual, caigo muy hondo, profundamente, hacia mi propia noche, que es mi lugar, mi fondo, a donde voy sin regresar, porque no soy el mismo que partió.
Y allí, en ese fondo que es mi lugar, aguardo.

Luego todo vuelve a comenzar.

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