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Como que me llamo Juan (4)

Al quinto día no fue a trabajar. Encerrado en su habitación. La de siempre. Autitos metálicos despintados. Cortinas azules. Empapelado. Había permanecido la noche entera sentado sobre la colcha con dibujos de palmeras. Piernas cruzadas. La carta delante. Sin pestañear. Virgilio, perro fiel, echado a un lado, rascaba el sobre de papel madera con su pata. ¿Qué iba a hacer? No podía entregarla, por más que lo hubiera intentado. No podía devolverla. Solo restaba hacer caso al guía y abrirlo. Pidió disculpas al universo cármico de la privacidad de correspondencia. Fue cuidadoso. Como un amante primerizo. Despego con delicadeza la cinta. Levanto la solapa. Miro adentro. Muchas hojas, abrochadas. Una especie de informe. Manuscrito. Cursiva. Tinta de pluma. Su nombre en el primer renglón:
“Juan Francisco Soler. 28. 1,80mts. 80kg. Moreno. Madre Alicia. Padre Alfonzo. Deja su domicilio cada mañana a las 7 am…” 15 hojas ilustradas sobre su más profunda intimidad.
Nauseas. Terror. Paranoia. Toda su vida extraordinariamente detallada.
Desesperado llama a su madre. Que haga un bolso ligero y lo espere en la estación. Que lo vigilan. Que seguro lo persiguen. Que se apure. Que no hable con nadie.

Sale corriendo. Cegado. Tiembla y corre. Lo ha dejado todo.  A los pocos pasos ya está bañado en transpiración. Se esfuerza por respirar. Corre más rápido.  Cruza el parque. El silencio profundo de la madrugada lo irrita. Solo algunos grillos. Calles totalmente vacías. El paso a nivel. La oscuridad. La niebla. Espesa bruma. El silencio. Corre más aunque el dolor punzante de las costillas casi lo desmaya. Las vías. Una luz intensa. La insistente bocina. El tren…

FIN

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Tan valientes

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