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Requiem de un desterrado (parte 1)

En su cumpleaños número 13, Rolando decidió que quería ser un ave (si, un ave). Anhelaba más que nada en el mundo la libertad que suponía le daría poder volar, viajar lejos, sentir el viento bajo sus brazos, llegar muy alto. Claro que lograr algo tan excepcional llevaría tiempo y esfuerzo, se dijo a si mismo mientras soplaba una única velita, clavada sobre un pedazo de pan viejo que se mantenía alzado frente a sus ojos gracias a la arrugada y firme mano de Dolores, pero sería posible.
Y es que Rolando siempre fue un soñador, un pequeño científico experimental, de esos que podrían haber llegado lejos. Podrían siempre y cuando no se crucen con el Oso y terminen como él.

******

Francisco Rolando Amador Fuentes, como lo llamo su madre, había nacido hacía exactamente 13 años, en el remoto pueblo de Las Tunas, provincia de Bs As. Parador desolado, si los hay, contaba con un almacén, una escuelita, una salita de mala muerte y una oficina postal. No quedaba cerca de ningún lugar ni camino a nada. Quienes tenían la dicha de vivir allí nunca migraban, ni tampoco llegaba gente nueva.
Es por esto que cuando el Oso llego a Las Tunas, todo mundo se enteró. Altísimo, moreno y corpulento, su cara estaba siempre entre agachada y de perfil. Manos en los bolsillos del vaquero, pasos pesados y lentos.
Se corrió el rumor de que venia del sur de la provincia, o quizás del oeste. Nadie sabía su nombre así que lo apodaron según su tamaño. Personaje oscuro, de mirada desconfiada y maliciosa, malgastaba la vida sentado en la puerta del almacén, haciendo nada. Y en eso estaba precisamente cuando conoció a Dolores, la madre de Rolando.

No podía decirse que fuera amor a primera vista, diría ella tiempo después, en plena indagatoria, pero para ser francos, era difícil ser madre soltera en semejante pozo olvidado.
Del padre de Rolando no se sabía mucho. Solo que se llamaba Fuentes y que un buen día de aquellos, se fue a ver a un pariente y nunca volvió. Desde ese día, Rolo se pegó a las faldas de su madre como chancho a la mugre y a pesar de que no pasaba del metro veinte, parecía un bulldog.
Las malas lenguas comentaban en la fila del correo que Dolores aun ayudaba a su hijo a bañarse y que dormían juntos en la misma cama. Tal grado de simbiosis era digna de llenar el espacio de 2 a 3 horas de demora en el servicio postal.
Nada de esto importaba demasiado a los Fuentes. Su vida era tranquila y solitaria. Vaivenes de realidad que giraban entre la pequeña casita al final del camino de tierra, la escuela, a la que Rolo no iba muy seguido y de vez en cuando el almacén, donde estaba el Oso, papando moscas.
Cuando Dolores se iba a trabajar, Rolando aprovechaba la soledad del hogar para recortar la cara de su padre de fotos viejas o usar la ropa de su madre como disfraz. Hasta que un día, mientras el nene jugaba a ser la madre, apareció Teresita, la chusma. Hubo miradas atónitas, exclamaciones, gritos y algunos improperios. Teresa pregunto si Rolo quería ser mujer, a lo que él contesto con gesto negativo y acoto “quiero ser Dolores”.
Ese día la imitada se dio cuenta que debía incorporar una figura paterna a su querido hogar y así fue como pronto aprovecho el calor y en la puerta del almacén, con el changuito a su derecha y el crio a su izquierda, le pregunto al Oso si quería ir a su casa a tomar un terere. Claro que quería. A pesar de ser un oso de pocas palabras, tonto no era, y Dolores aún estaba en condiciones de merecer.


CONTINUARA


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