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Como que me llamo Juan (2)

Terminado el colegio secundario ingreso a trabajar en el servicio postal, llevado por un viejo amigo de su padre. A fuerza de largos silencios y raras costumbres se había ganado los más variados y originales apodos, ninguno que le importara. Jamás gusto de participar en ninguna actividad extracurricular que ofreciera la empresa. Nunca aceptaba invitaciones. No se podía decir que fuera maleducado o antipático, era Juan.
Después de comerse el modesto sándwich de queso, medito unos minutos sobre el recorrido que aun debía completar. No le faltaban muchas entregas. Calculaba terminar antes del horario estimado y tendría tiempo suficiente para pasar por la tienda de mascotas a comprar alpiste antes de que cierren. Luego iría a casa, daría de comer a las aves y se sentaría a tomar unos mates frente a la radio, siempre encendida.
Dejo para el final la entrega de la dirección que creía más cercana a la tienda. Recorrió la calle de punta a punta, por ambas veredas. Reviso el sobre varias veces, y también la lista. La numeración indicada en el remito no existía. 353. Se le erizo la piel. Nunca jamás había perdido una entrega. Nunca había perdido una casa. Pregunto a algunos vecinos, ninguno que lo ayudara. Casa tras casa. Arboles. Bicicletas atadas. Buzones en forma de trenes. Enanos de jardín. Chusmas.

Dio varias vueltas a la manzana. No quería volver a la oficina con el sobre en mano, pero habiendo agotado todas sus opciones, no le quedó más remedio. Entro muy serio. Fue directo al sector de carga. Pidió de hablar con el gerente. No estaba. Esperó. Le avisaron que ese día ya no volvería. Sintió nauseas. Se fue confundido, mirando al piso. No alimento a las aves. No prendió la radio. No ceno. Por primera vez en diez años había devuelto una entrega. La idea lo obsesionó. No durmió.

Continuara...

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