jueves, 10 de enero de 2019

Mudanza

Con mucha felicidad nos hemos mudado al sitio: www.escriarte.com
Allí esperamos seguir creciendo y uniendo arte con palabras.
Gracias mil por seguirnos.

domingo, 6 de enero de 2019

Los papelitos

El futuro no existe. Sobre todo cuando se vuelve presente. Mucho menos cuando es pasado.
Siempre pensamos que teníamos todo el tiempo del mundo. El reloj era nuestro. Nos pertenecía.
Vivíamos sin preocuparnos por el-más-tarde. O sin pensar en lo que le estábamos haciendo. 
Nadie pensó en los papelitos. En los arboles que ya no estaban. En el suelo impermeable.
Por supuesto subestimamos la primer tormenta. Y la segunda. Nos maravillábamos con los rayos cayendo en las plazas. Comentábamos la vibración de los truenos. Eramos ingenuos. 
Las gotas caían y nosotros jugábamos a los valientes cruzando calles que se volvían ríos. 
Para la tercer tormenta algunos empezaron a incomodarse. La ropa no se secaba. Los parques eran charcos de barro inútiles donde los chicos ya no podían perder el tiempo y los padres, hallar algo de paz. Las bocacalles expulsaban el agua en vez de tragársela. Inútiles, como nosotros. 
La cuarta tormenta fue la peor. Días y noches enteros de agua helada, estallidos, luces blancas que atravesaban la noche y se filtraban por entre las persianas. 
El cielo se había roto. Lo quebramos con nuestra incapacidad de pensar el futuro en términos de pasado. En términos, como algo que se acaba y ya no se recupera jamás. 
Después de la cuarta vino la eterna. La última gran tormenta. La que aún sigue bañándonos por fuera y por dentro. Porque ya es parte de la vida diaria. El sol no existe. Tampoco los meteorólogos. Dejaron de informar el clima cuando el clima dejo de cambiar. Nada cambia. Porque el futuro es el pasado y a nosotros nos golpeó el tiempo.
Ahora la lluvia es todo lo que hay. Nosotros la llamamos y acá está.
Y pensar que nadie, absolutamente nadie pensó en los papelitos. 

domingo, 30 de diciembre de 2018

Música por todos lados


Frenó en la banquina. Se sacó el cinturón.
La violencia de la tormenta era seductora. Magnética.
Música por todos lados. Sonidos explosivos.
Lluvia. Ráfagas de viento. Los arboles convulsionando.
María y Pablo besándose en la parte de atrás.
Clara se miró las manos, apoyadas con sorna en el volante.
Manchas negras. La sombra de las gotas que impactaban en el parabrisas. 
En la cara, en el cuello, en el pecho.
Nacho dormía su puesto de copiloto.
Nadie prestaba atención.
La violencia de la tormenta era seductora. Magnética.
Música por todos lados. Sonidos.
Se sacó el cinturón.
Ahí adentro era seguro pero a Clara lo seguro la agrietaba. 
Como tacitas de porcelana cuarteadas de tanto reposo. 
Lluvia. Ráfagas de viento. Los arboles convulsionando.
Salió del habitáculo. Descalza.
Se acostó en el capot. Empapada. Congelada.
Nadie prestaba atención. 


domingo, 23 de diciembre de 2018

Mal de ojo


Te paras frente al espejo, con el alma desnuda, con la seguridad de que nadie te ve. Porque la visibilidad es riesgosa. Lo que los otros hacen con lo que ven es peligroso. O no. Aunque arriesgarse implique un esfuerzo difícil de aceptar. Pero el espejo es seguro, confiable, sincero. Y te miras a los ojos como miras a los extraños. Evaluando, midiendo, prestando especial atención a las pupilas que se dilatan expectantes, preparadas para la huida, percibiendo a la vez su condición de observadas. Te miras con la sensación de no haberte visto nunca. Con la excitación del descubrimiento, del amanecer. Te moves, de costado, de espaldas, girando la cabeza, haciendo gestos. Y se te escapa una sonrisa, pícara. Y se te escapan dos. De alguna forma te simpatiza el extraño que te devuelve la mirada. Las arruguitas que descubrís al costado de los ojos, que no estaban pero que parecen agregadas a propósito, como adorno. Un surco apenas más profundo aparece en el entrecejo, solo cuando los ojos se ponen serios, y ese gesto, por reflejo, te manda a dar un paso atrás. Por suerte las pupilas se suavizan y una tercer sonrisa, algo cadenciosa y amortiguada, te relaja. El descubrimiento es embriagador y pasas varios minutos más de pie frente al espejo. Ambas figuras se mueven y se siguen y se muestran…y se sienten. Al cabo de un rato, un impulso primitivo, diría infantil, te mueve a levantar una mano. Ahí, en el aire, un permiso implícito aguarda respuesta. Las arruguitas de los ojos se contraen y entonces acercas la palma al espejo, al lugar exacto donde otra palma descansa abierta. El calor empaña el reflejo.
-La mayoría de la gente no sabe cuánto necesita una caricia, hasta que se la hacen-


domingo, 16 de diciembre de 2018

Reflexiones en un tren

El vagón se mueve y ese traqueteo me acuna. No pienso en nada salvo en lo bien que me viene este aire que se filtra llevándose por delante la ventanilla, tan cargado de olores que son ajenos a la ciudad. Aromas que quedan por fuera del sistema porque no han sido capitalizados ni encerrados en botellas y vendidos en comercios naturistas. Aromas que son producto del sol hirviendo sin piedad las hojas de una inmensa arboleda y mezclando esa infusión con la tierra que vuela y se lleva a su paso todo lo que ande suelto o mal amarrado.
El pasto amarillo es el quemado. El verde que queda de pie parece mirarlo de reojo y mostrarle un gesto burlón. La llanura es tan chata e inmensa que, si no se supiera lo contrario, se diría que es todo lo que existe.
Me estrello contra la realidad, desprendida por siempre de mi pacífica ensoñación cuando aparece el boletero (¿aún los hay?). Le consiento examinar mi pasaje y recién ahí advierto que hay policías entre nosotros. El tren va custodiado, váyase a saber porque. La falacia de que en el campo no hay inseguridad se diluye y desaparece. 
Muy a pesar de quienes la interrumpimos, a ambos lados continua la llanura, impresionantemente plana.

domingo, 9 de diciembre de 2018

La izquierda optó por la anarquía


"La ausencia del otro me mantiene la cabeza bajo el agua; poco a poco me ahogo, mi aire se rarifica. En esta asfixia reconstruyo mi verdad y preparo lo intratable del amor" Roland Barthles



Empece a marearme un poco antes de lo previsto. Consistía en una sensación leve, algo así como un hormigueo que arrancaba en las plantas de los pies y emprendía un ascenso penoso hasta mis rodillas. Pensé en sentarme un momento pero la verdad es que no tenía mucho sentido. El aire llevaba un olor extraño, pesado, amparado en el efecto erosivo de las partículas que mantenía a flote. El suelo había dejado de ser real minutos antes de empezar a sentir la humedad que me rodeaba y me empujaba la piel hacia adentro. 
Mi mano derecha había quedado abrazada al picaporte de bronce falso, asquerosamente lustrado, frío, absorbiendo, por partes, la sensación pegajosa que le transmitía. La izquierda optó por la anarquía: soltó la bolsa de los mandados y se quedó temblando junto a mi pantalón, simulando apenas un poquito de dignidad. 
Como si fuera producto de un poderoso veneno, el hormigueo continuó en ascenso. De las rodillas, ya debilitadas, naturalmente chuecas y torpes, fue migrando al resto de las piernas, hasta las caderas, hasta colmarme por completo el vientre y hacer que deseara haberme sentado. Por instinto quizás, o por misticismo, solté el picaporte y me abracé el estómago con ambas manos, protegiéndome de algo que tenía la delicadeza de no existir.
Aún faltaban horas para el anochecer pero el cuarto se había oscurecido, mostrándose atravesado por lineas blanquísimas de luz polvorienta que, en conjunto, formaban un delicado encaje de tela de araña. Recuerdo haber pensado que debía ser una araña ponzoñosa, porque el hormigueo persistía en su escalada y ya podía sentirlo oprimirme el pecho y la garganta. Los oídos, repletos de insectos hiperactivos. La lengua, empapada de arena. Los ojos inútiles, veían sin mirar. 
Entonces, y sobre todo porque entendí que no quedaba otra opción más que estrellarse la cabeza contra el suelo, me propuse rearmar el mundo anterior a tu existencia. Esto, claro, cuando lograra despertar. Acto seguido, consentí desmayarme, en cámara lenta, con la elegancia de un funeral. 
Vos te fuiste y ese fue tu gran acto de amor. 

domingo, 2 de diciembre de 2018

Todo entre nada

Tomados de la mano y apretando con fuerza, uno contra el otro, corrían a todo pulmón. Pasos sólidos, estocadas enérgicas, saltos de campeonato. Corrían y miraban por encima del hombro, hacia atrás y al frente. Se abrían paso a los codazos limpios. Empujones que intentaban mover una multitud empecinada en llevar la dirección contraria. 
Juntos, formando una estructura fuertísima, dejándose los dedos pálidos, corrían esquivando gente apelmazada, grupos de grumos vivientes que empuñaban violencia en ojos y escudos. 
Caía una lluvia agria, alquitranada. La ciudad se había teñido del color del acero y los bloques de gente daban la impresión de formar torres horizontales, ciegas y toscas columnas de ejércitos diversos que iban ganando terreno hacia el centro mismo de la plaza mayor. No había calle que no estuviera repleta de soldados mudos, uniformes. 
Ellos, juntos, aún sin soltarse, probaban caminos alternativos, callejuelas perdidas, túneles subterráneos. Intentaron cruzar por dentro de galerías y playas de estacionamiento. A donde fueran, ahí estaban los discípulos de dioses ausentes, reuniéndose para el acto de sacrificio. La lluvia no cesaba y bajo el cortinado empetrolado, amasijo de smoke y sudor, marchaban autómatas. Se oían gritos, cánticos huérfanos que se perdían en el viento. 
A ellos los dedos pálidos ya les dolían pero no se soltaron. Siguieron avanzando con la misma fuerza de pelotón que ostentaban los contrarios. 
Por fin, al final de un callejón empedrado y resbaloso, distinguieron, iluminada por un único haz de luz polvorosa y casi anaranjada, la salida que estaban buscando. 
Parados ya en el portal, empujaron juntos la hoja de vidrio oscurecido y se colaron lo más rápido posible al interior seco, cálido y silencioso. Atravesaron con pasos suaves y gentiles el hall de entrada y con un par de sonrisas de película se metieron en la sala de la planta baja. Todo estaba en ligera penumbra salvo por un parpadeo blanco que formaba el camino por el que ahora ellos flotaban. 
Llegaron hasta el fondo y con cuidado ocuparon dos butacas de pana roja. Se acurrucaron, tiritando por el frío y la humedad de sus ropas. Se hicieron chiquitos y, todabia agarrados de la mano, disfrutaron el silencio ingrávido, la paz perfumada de soledad.
Sonrieron en secreto. En medio de tanta nada, podían serlo todo. 


domingo, 25 de noviembre de 2018

Sin apuro

"Con los pies en el pasto se conecta uno con el tiempo. 

El sol atraviesa la carne haciendo agua pero la tierra es fresca, húmeda como tu mirada, y vibra bajo los acordes de un bajo absoluto que retumba, como nosotros, como vos y como yo.

Resuenan también las risas infantiles, las pelotas que se fueron lejos y terminaron ajenas. Los perros corren en espiral, nosotros el eje. Todo se mueve.

El viento me desordena las páginas, que vos te apuras a juntar para mi entre tus manos.

Te veo proyectar colores de vitral, haciendo equipo con el sol que te complace y te vuelve hoguera.
Te veo distraerte, perderte, sonreír cuando al fin me enfocas. Y brillas.

Sin apuro te despeino sabiendo que te encanta para terminar de cara al pasto abrazada a tu remera, perdiendo con ganas el tiempo y ganando, si queres, también tu calma.

Con los pies en el suelo se conecta uno con el cielo."

domingo, 18 de noviembre de 2018

Pensar que justifica

Detrás de la ventana,
flancos cortinados,
vidrio empañado,
Mira sin moverse.
No se mueve, 
no parpadea,
mira,  mira
mira y piensa.
Lo que piensa
no se sabe,
no se sabe lo que dice,
no dice.
El abdomen contra el vidrio,
empañado, frío.
La calle desierta y
él mira.
El calor se derrite
el reflejo es cegador
desde el otro lado lo veo
mira sin pudor.
Que mira no se sabe,
apenas se lo ve,
cortina a cada lado sin moverse,
mira y piensa.
¿Será que piensa
en el fin?
El fin que lo justifica.



domingo, 11 de noviembre de 2018

En el kiosko había sombra


En el kiosco había sombras. Lo sé porque las vi con estos mismos ojos que ahora te miran. Las vi varias veces. Siempre las mismas, una pequeña y dos más largas, lejanas. La chiquita cada tanto se alejaba, creciendo, pero se ve que no le gustaba porque volvía a ponerse en el lugar en que quedaba pequeña. Con Gabriel las dibujamos muchas veces. Mamá pensaba que estábamos locos, los dos con las mismas sombras. Era inevitable usar colores oscuros y eso en dibujos de críos es, cuanto menos, alarmante. Ahora lo sé. Pero en ese entonces solo deseábamos representar las sombras del kiosco de Manuel.
Él vivía en el fondo. Detrás de los paquetes de cigarrillos había una puerta y más allá un pasillo que daba a una habitación oscura y húmeda. Manuel la tenía colmada de libros. Estaban en las paredes, bajo la única ventana, bajo la mesita de luz y alrededor de la cama de caño oscuro. 
Todos los días ocurría lo mismo. Abría el kiosco bien temprano y atendía él mismo a todos los chicos del colegio de al lado (el nuestro). Gabriel y yo pasábamos a comprar caramelos para el recreo y desde el mostrador de los frascos veíamos las sombras. A esa hora solo estaban las dos más grandes. Para el medio día se irían a otra parte porque Manuel salía a almorzar y a buscar un libro de la covacha del alemán. Uno por día. Todos viejos y amarillos. Gabriel siempre decía que el alemán se había convertido en uno de sus libros y que Manuel pronto quedaría igual. Viejo y amarillo.
Por la tarde, cuando regresaba, nos encargábamos de verificar que las tres sombras estuvieran con él, detrás de los frascos, cerca de la puerta escondida que conducía a la habitación de los libros. Nos alegraba mucho verlas porque eso significaba que Manuel no estaría solo por la noche. Aquello nos preocupaba por razones que ahora no puedo precisar.
Por años fuimos testigos de la rutinaria compulsión de Manuel por los libros que le daba el alemán. En cierto momento tuvo que ponerle techo al pasillo y pronto se llenó de pilas y torres. Se multiplicaban con magia, o como una maldición. Llegaron a ocupar incluso algunos rincones del kiosco, detrás de las cajas de galletitas y chocolates. Gabriel empezó a asustarse y yo también. Las sombras se volvían cada vez más pequeñas, difusas. No les quedaba espacio para proyectarse.
Un buen día nos agarramos de la mano, y fuimos a encarar al alemán. Lo acorralamos entre nuestros cuerpitos infantiles y los estantes de su covacha. Le ordenamos, con impaciencia y enojo, que dejara de darle libros a nuestro amigo Manuel, que ya no tenía espacio para que vivieran sus sombras, se ahogarían y él quedaría solo por las noches.
El viejo nos miró primero con sorpresa y luego con ternura. Nos agarró de a uno por debajo de las axilas y nos sentó sobre una torre de enciclopedias de tapa dura. –Miren mocosos – nos dijo sonriendo, mostrando sus dientes parduscos, hablando en susurros – su amigo Manuel jamás estará solo. Lo que ustedes llaman sombras son apenas un reflejo de todos los héroes y heroínas que velan sus sueños ¿no lo ven? Son los libros los que forman las sombras que guardan vigilia por el viejo Manuel. Mientras los tenga no habrá sitio donde esté solo.
Ese día Gabriel se llevó un libro de la covacha del alemán. Y yo…yo también.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Perderme en el camino.

- A menudo sucede que me pierdo - comenzó diciendo Emilio, ya amanecido, ya espabilado - Me pierdo inclusive en mi propio barrio, entre calles que conozco. No crea que soy tonto, o viejo. Bueno, viejo si soy, pero no es por eso que me pierdo. - Se acomoda en el sillón desde donde puede alcanzar sin esfuerzo el diario y la taza de café, a la que ya le ha agregado ¨un mimo¨, que en su idioma viene dentro de una botella de Jack Daniels - Todo comienza siempre de la misma forma. Salgo a caminar, enciendo un cigarrillo, dejo que algunos rayos tímidos de luz me alcancen. Y entonces una idea me invade. Pequeña, insulsa. Una palabra o una imagen. Yo soy muy débil y me dejo llevar. Le permito que me guíe. Y ella va y viene - dice, a la vez que mueve los dos indices en el aire, acompañando el vaivén. Tiene el diario sobre las piernas y lo ignora. Al café mimoso le dio varios sorbos, pero está muy caliente. Va de pijama a puro rombos y círculos. En conjunto, es pura psicodelia. - Me lleva donde quiere, me envuelve. Vamos a los saltos, de una imagen a otra, de una idea a otra. Se arma un monólogo afónico en mi mente, una suerte de discusión que mantengo conmigo mismo intentando convencerme de algo que sale de mi propia mente. Muevo la boca. Hago gestos con las manos - me los muestra, como si yo no comprendiera sin ejemplos y sigue - paso a paso diserto, repregunto, dudo, me vuelvo a convencer. Verá, en medio de todo esto, me pierdo. Comprenda que uno elije siempre el siguiente paso en función de sus necesidades, incluso inconscientemente -  hace una pausa dramática que ya conozco. Toma café. Es un gran actor. Hace tiempo para dejarme pensar - Mi único interés en esos paseos recae sobre éstas ideas. Nunca me ha importado el destino. Prefiero perderme siempre en el camino - su voz se apaga sola en el aire y ya no me mira. Se calza los anteojos gruesos de marco color ámbar y levanta el diario frente a su cara. Me alejo, la charla ha terminado. 

domingo, 28 de octubre de 2018

Y luego, el salto.

Y sobre todo, lo que nos hacía falta, como conjunto, era el abrazo. Por lo demás, lo teníamos todo. Aunque no tuviéramos nada en realidad. Todo lo que necesitábamos no estaba comprendido dentro de las muchas cosas que teníamos. Uno puede acumular toneladas de lo más inverosímil sin llegar nunca a sentirse poseedor, dueño de nada. 
Sin embargo, y acá viene lo importante, yo te tengo. No como se tienen las plantas o las mascotas. O como se tienen los niños entre sí. Yo te tengo y vos, vos a mi también. Me tenes en los ojos, en el olor de tu pelo, en las partículas que han ido quedando bajo tus uñas. En el mensaje que escribí a escondidas con el vapor, en el espejo del baño. En las lapiceras que me dejo olvidadas en todos lados. En el plantin que cada tanto regamos juntos, cuando siento tu mano que me hace cosquillas en la espalda, sobre la columna, como ya sabes. Y es por todo lo que sabes, que me tenes. Como se tienen los sueños o las ganas o las esperanzas o las fuerzas. Porque lo único que nos hacia falta, como conjunto, era el abrazo. Inmenso. Doloroso. Eterno. Inmortal. 
Y luego, el salto al vacío.

domingo, 21 de octubre de 2018

Opciones

Las posibilidades eran muchas. Podía correr y esconderme. Claro que para eso necesitaría encontrar un escondite amplio y cómodo en donde quepan conmigo todos mis miedos. Sería difícil pero no imposible. También podía quedarme ahí, bien quietita, sin hacer el menor ruido, sin siquiera pestañear. Intentar pasar inadvertida, hacer de cuenta que nada pasó o que no importaba. Seguir haciendo lo mismo, día tras día y esperar a que todo se resuelva. Por decantación. Por su propio peso. Que de buenas a primeras se desintegre todo en el espacio, como en ese cuento de Lugones, con el aparata cuboide que desintegraba la materia. Aunque pensándolo bien, terminaba por desintegrarse él. No. Por otro lado, podía dejar de ser cobarde. Podía juntar un buen cajón de coraje, cinco o seis kilos de agallas. Enfrentarlo. Ensayar las palabras justas y también el tono. Actuar lo suficientemente bien para que la voz me deje de temblar, para sostenerle la mirada fija. A los ojos. Para no dudar. 
Como dije, las posibilidades eran muchas, pero sólo una me aseguraba el final correcto. La prontitud. La solución definitiva. Como pasa con los túneles, en la vida a veces es necesario romper para poder construir. 

domingo, 14 de octubre de 2018

En el tren

-Delicada como papel de arroz- pensó Pablo cuando al fin levantó a Clementina del suelo polvoriento y frío, y salieron de ahí. Helada como estaba, conservaba una sombra de rubor en las mejillas. Le sonreía, observándolo sin pestañear mientras él la guiaba fuera del edificio. Aún era de día. El sol calentaba el asfalto y al tocar la porcelana que recubría la piel de Clementina resbalaba, ajeno a ella, se volteaba y le daba la espalda a la princesa pálida que sin embargo disfrutaba de su proximidad. Pablo la sostenía con elegancia del brazo, como pareja antigua, foto en sepia. Recorrieron a paso desinteresado varias manzanas, esquivando los adoquines impares, pateando piedritas. Ella iba en puntas de pie. Él le daba apoyo.
Pasaron por la estación y ella propuso tomarse el tren. -¿A donde?- pregunto él. -No importa- le respondió sin mirar y no dio tiempo a dudar. Un tren al norte. Un asiento doble junto a una ventana. Las vías que se sucedían entre arboledas. Barrios de hermosas casas. Plantas frutales.
El día fue agotándose mientras ellos iban y venían en un tren que no los llevaba a ningún lado, porque estaban justo donde debían estar. 
De la nada (o de los bolsillos) Clementina sacó un papel y un lápiz. Observó un segundo más el perfil de Pablo, recortado por la luz de noche del ventanal, y anotó:

"Si fueras de mentira, me creería el engaño, y
si fuera un sueño, despertaría.
Sólo para contarles lo bello que fue
haberte encontrado en mis pensamientos."

Doblo el papel en ocho partes y lo escondió en la ranura del marco de la ventana, justo debajo del rostro de Pablo, que miraba intrigado.-Volveremos a encontrarlo - dijo, y le sonrió. Luego se recostó en su hombro y se quedó inmóvil, dormida. 
El tren iba y venia.

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Capítulos anteriores:

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#escriarte

domingo, 7 de octubre de 2018

Para Zelda

"Se cuanto diste. Se cuanto esperaste. Se lo que teníamos y también imaginé, entre penumbras, lo que pudimos haber tenido. Se que fue un comienzo atropellado. Demasiadas coincidencias hacen que los pares choquen. Tu genio, tu éxito, lo sabes, me asustaban. Nunca quise ser tu reflejo en un espejo que me omitía. Mucho menos tu sombra. Vos querías que triunfara a tu manera, y eso también me agotaba. Se que me amabas. Confieso que durante lo que duro mi pobre existencia física no logré entenderlo. Vivía confundiendo realidades y tus dedos apropiándose de mis diarios no ayudaban. ¿Cómo era posible dar tanto, dejar todo, por una loca agobiada, envidiosa y borracha?, diría Ernesto. Ya se, me dirás que no era así, que siempre fui muy dura con él, conmigo y con vos también. Pero ahora que el dolor se ha ido, ahora que puedo verte sin velos, sin telones, me quiebro aún más de dolor. Mi enfermedad fue tu perdición. Tus palabras nunca volvieron a ser bellas. Tu alma al mejor postor. Y ya en la cumbre de la mediocridad que significa rematar la sensibilidad, no escuchaste a nadie. Siempre tan ciego. Tan vos. Hubiéramos podido tener el mundo. Lo sabes. Juntos, podríamos haber conseguido todo. Pero nunca fuimos pares. Vos conmigo y yo...
Aún así te ame, como Daisy amó a Gatsby, Por siempre jamas."

                                                                                  ****

Siempre pensé que algo así podría haber sido una buena carta de despedida de Zelda a Scott Fitzgerald. Nunca es tarde para decir adiós.

Escriarte.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Tocar el fuego sin quemarse

Sabia que debía moverse pero no lo intentó. Aún cuando sentía las extremidades ya dormidas, heladas, con esa sensación de extrañeza, de otredad. Tampoco él quería moverse. La noche era ya un dejo de color naranja furioso en el horizonte y el rocío había humedecido sus caras y sus ropas. Olían a charla eterna, a descubrimiento y a esperanza. Los ojos rojos de evitar pestañear, captando cada instante, cada gesto. 
Verónica le contó a Ricardo por que había llegado tarde a aquella cita en el bar de Medrano. Le explicó su problema con el tiempo y con las convenciones. Ricardo hizo de cuenta que no le importaba, mientras intentaba ocultar una sonrisa de alivio y de amor. Fingió entender con sentido interés. Penso que podría, tranquilamente, esperarla por siempre en cada bar de cada esquina. Ella tenía las manos quietas reposadas en la falda y él se las abrigaba cada tanto con las suyas, como quien intenta tocar el fuego sin quemarse.
Durante lo que seguramente fueron horas, cuando la noche reptaba abatida, perseguida por el amanecer, Verónica habló. Miraba al frente, seria, por momentos levitando en su propia ensoniacion. Ricardo resultó un buen oyente, de esos con capacidad de escucha activa y de opiniones amables. La miraba con asombro, con ojos de haber descubierto un pajarito exótico, sintiendo el privilegio de verlo volar a su alrededor, con el miedo inconsciente de asustarlo. Cuando ella calló, fue su turno de hacer piruetas en el aire, de mostrar su plumaje tornasolado y brillar. Era una danza hermosa y complicada, mezclada con la extraña sensación de haberse conocido desde siempre. 
Al fin, cuando ya no quedaban más palabras que retengan a la luna, él la besó.
Por primera vez en toda la noche, Verónica dejó de temblar.


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Anteriormente, en esta historia:


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domingo, 23 de septiembre de 2018

Con toda intención

La luz amarillenta y opaca de los faroles apenas iluminaba la noche. Verónica deambulaba sola como siempre había estado, como le era habitual. Intercalaba pasos en linea recta sobre la gravilla anaranjada del camino que serpenteaba entre los arbustos. Estiraba la mano y rozaba las hojas a su paso, acariciándolas con ternura, inhalando bocanadas de aroma a pasto y humedad. A tierra mojada. Había estado lloviendo y los pies se hundían en el terreno inestable, que aún así le proporcionaba cierta seguridad. Verónica no advertía la soledad como lo haríamos cualquiera de nosotros. La noche, el silencio y la quietud eran parte de su esencia. Su ante verso y su reverso. Y en medio, un remolino polimorfo de luces y música se concentraba a presión, organizando materia y energía, previendo la gran explosión. 
Caminaba distraída, inventando cada tanto un giro, un saltito al compás de una melodía privada que  sólo ella escuchaba. Atravesó el parque y al fin se sentó al borde de una fuente en forma de luna menguante (o creciente). No pudo contenerse y sumergió los pies embarrados en el agua que yacía expectante, cristalina, imperturbable hasta que las ondas se expandieron. Fresca, tranquila y sonriente. Así la encontró Ricardo, no de casualidad sino con la premeditada intención de provocar el encuentro. Avanzó en silencio, se sentó a su lado, el con los pies en el pasto. La miró con la cantidad justa de necesidad acumulada tras los párpados. La neblina se asentó a su alrededor envolviéndolos y escondiéndolos del resto del mundo. Ella aparto la vista pero él la recupero con suavidad, acariciándole la cara en el proceso. Atrapada entre sus manos, no tuvo más remedio que internarse en la profundidad cristalina de sus ojos. Él la dejó que hiciera. Y ella hizo. Porque de este lado de la luna, todo es y todo sera según tenga que ser. 

domingo, 16 de septiembre de 2018

El lugar del tiempo

La boca seca le ardía y ya no sentía el paladar. Toda la escena se volvió, de repente, borrosa. Desenfocada. Sacada de contexto o de universo. No sabía exactamente donde estaba aunque la presión constante que pulsaba entre sus ojos le adelantó que no era un buen lugar. Seguramente el brillo inexplicable que entraba a borbotones por entre las tablitas de la persiana lo desoriento. Creía estar aún al abrigo de la noche. No recordaba tal paso de tiempo. El día lo desgarro, perdiendo todo intento de equilibrio. Se restregó los ojos con los puños cerrados, con fuerza, casi con odio. Intentó tragar, aunque no pudiera, en ese momento, juntar la cantidad de saliva mínima necesaria para movilizar la garganta. Parpadear, varias veces, hasta adaptarse a la nueva luz.
Por fin pudo reconocer, no sin antes dudar, que el cuarto en el que había despertado no era el suyo. Los repentinos ruidos de una ciudad que emergía desde la profundidad del exterior lo confundió más. La cuestión del espacio, sumado al cambio incomprobable de tiempo eran cosas que, juntas, no podía manejar. Intentó incorporarse y ese cambio abrupto de presión le implosiono el cráneo y el rostro. Debió sentarse, esconderse entre sus rodillas, liberar algunas lágrimas descompresivas y luego, por causas desconocidas, estallar en una risa histérica, aguda, de una locura multicolor, potencialmente sofocante, hasta quedarse sin aire. Acto seguido, se desmayó.
Lo mejor, en estos casos, es dejar que el tiempo tome su lugar.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Jorge Asís y un chicle celeste

Los anteojos me pesan a ésta hora del día pero sin ellos la vista se nubla, los ojos se sienten tirantes, las luces y las lineas de texto se alargan como sombras de luna llena en una noche de claridad espantosa. Un libro de Jorge Asís y un Bobaloo celeste flotan a mi derecha. No llego a leer el titulo y no intento conocer el rostro del lector. 
Suena la chicharra que anuncia la apertura de puertas. La multitud asoma desordenada, por partes.  Me rodea y me gana en altura. De pronto me sambuyo en un mar de brazos, piernas y bolsos. A pesar del bochorno, se que pronto podré salir. 
Al pie de la escalera que sube sola espera un hombre con sombrero de copa blanca. Por la expresión de su cara advierto que hay algo que no llega. No puedo evitar pensar que quizás eso que aguarda esté en el tren vacío y apagado que vi alejarse mientras subía.
Por quedarme mirándolo pierdo la combinación del próximo tren. No importa. Me siento en el suelo del andén y aprovecho a escribir estas lineas en una servilleta que lleva la estampa de un bar al que no recuerdo haber ido y que de alguna forma apareció en mi bolsillo. "Habrá que apagar otro cigarrillo y aguantar para apostar", escucho que dicen desde adentro de mis auriculares. Pienso en como ponerme de pie, pronto, antes que se me vaya otro tren. 

domingo, 2 de septiembre de 2018

Como cenizas que nos rodean


Un café y un beso largo. Una canción de despedida. Silbarle bajito al viento y pedirle explicaciones a la vida. Exigir hechizos benévolos que borren lágrimas perdidas. Robarle minutos al amanecer. Inventar juntos superhéroes y superheroínas. Creer que el amor comienza en el último escalón de tu escalera. En la última mueca de tu sonrisa. En el primer suspiro del día. Despertar abrazada a tus pestañas e inventarme un camino de ida, mano única al infierno de tus caricias. Y así, perseguir el sol eterno que me muestre tus deseos, mientras el ambiente se llene de risas ausentes, como cenizas que nos rodean al caer.